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Fotogenia de Alcaldes

Oscar Rivadeneyra

El salón de plenos del Ayuntamiento ambiciona aires de Congreso y Senado desde que de sus paredes enmoquetadas cuelgan tres miradas: tres alcaldes de óleo y lienzo, tres alcaldes enmarcados por el dorado y la moldura que el tiempo dispone. Tres ediles que desde la época, ya acabada, de su mando guardan las espaldas del presente, los hombros y las nucas de nuevos concejales. Realismos de pintura para el pasado, que siempre se escribe o se pinta en sepia; y realidades de carne hueso en el presente que siempre se dibuja con colores ilusos. Sospecho que un hombre público se empieza a convertir en pretérito, a ser consumido por la Historia, en el momento en que se somete  al rigor de los pinceles y cruza por el aprieto de posar para un retrato como estos, sospecho que un alcalde se desvanece de la actualidad cuando anhela la inmortalidad insegura de ser cuadro y mobiliario de ayuntamiento. Mas para esos afanes inmortales no hay pintor certero, que lo que natura non da los pinceles no lo prestan.

Cuando un hombre (un alcalde) se acaba, se avisa por igual al enterrador, al pintor y al cura, pues últimas paladas, extremaunción y retrato de medio cuerpo son el certificado de lo pasajero de todo poder, la seguridad de su defunción política. También sucede en nuestro rincón de ancha ciudad donde desde la nieve hasta las alcaldías dejaron de ser perpetuas.

De cuando en cuando los pintores trasforman su bohemia imposible de buhardilla y fogón, y bajan de sus nubes de lluvia para rendir pleitesía a la compleja historia local en los rostros vetustos de sus protagonistas; el paisaje se convierte en mirada y gesto, el bodegón en rasgo humano, la naturaleza muerta en viva luz de ojos. Juan Belén Cela, Ángel Blázquez y 
Alejo Riñones prestan su cara (que más que del alma es el espejo de su política) a los pintores para convertir su presencia en el salón de plenos en recuerdo mudo de frases dichas y olvidadas, en testigo de parlamentos y consensos por lograr.

Toda época está simbolizada por rostros -estos son los nuestros-. Tres rostros de alcaldes como alegorías más que como faz, como metáforas más que como carne pictórica. Y es que los hombres estamos hechos para entender los tiempos a golpe de caras, por más que sepamos que esta democracia, tantas veces postulada y definida, se hizo a impulsos de corazón y deseo, de masas demandantes sin rostro, o lo que es lo mismo, con todos los rostros a la vez.

Desde estos días tres alcaldes del pasado inmediato estrenan vitalicia concejalía en las paredes del Ayuntamiento como si de interventores perennes de las nuevas políticas y de la corrección del nuevo edil se tratará. Allí se reencontrarán, en el sedimento de las moquetas, con viejas palabras dichas por sus labios en algún olvidado día de otra década, palabras debatidas y replicadas, incluso palabras sufridas.

Mañana, cuando sean ya inventario y decoración asumida de las paredes alguien preguntará por ellos, por su tiempo y por sus hechos, porque el paso de los años acaba concediendo anonimato a los que más fueron nombrados.