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Por Favor, no conozcan Hoya Moros

Oscar Rivadeneyra

La Generación del 98, como auscultadora y cronista que fue de una España en decadencia, encontró en las tierras de Castilla, y dentro de ellas en las de Béjar, región propicia y conveniente para sus necesidades expresivas. Béjar fue recomendada por Miguel de Unamuno -que la conocía desde mucho antes que sus compañeros de generación- a pintores como Sorolla, Benedito y Regoyos, a escritores como Baroja y Azorín, y a científicos como Santiago Ramón y Cajal; como quien recomienda una musa, un lugar para curar males de salud o un tesoro para hacérselo partícipe. Con la mente en esta Babia sugestiva y creativa, los nombres más talentosos del momento se dejaron sentir por aquí con el inicio del siglo XX, colmados de incertidumbres y de temores; pero también de deseos de hermosear su talento con la adecuada inspiración que respaldaban montañas, bosques, habitantes y moradas.

Béjar era -triste es decirlo- una deseable reliquia en forma de sombra de lo que fue (también de lo que llegaría después a ser), un monumento inmaculado y abatido alrededor del cual aquellos intelectuales suspiraban.

Y se pusieron manos a la obra.

En el daguerrotipo fotográfico de Ramón y Cajal quedó suspendida la imagen solemne de la laguna grande del Trampal, la misma que se solidificó en versos unamunianos (y por tanto oscuros), mientras, entre huelga y huelga de textiles, Regoyos pintaba, subyugado, los atardeceres malvas del Calvitero.

Comenzaba el siglo XX. Todo estaba por descubrir: las montañas (también la nuestra) levantaban pasiones científicas, literarias y filosóficas; se adentraba a ellas con impulsos de conocimiento y codicia de sabiduría. La experiencia era la premisa del conocimiento: había que estar allí para dar fe de la nueva especie botánica; había que subir por sus veredas y plantar entre rocas el caballete para pintar la más  fidedigna belleza; había que perderse en ella para contarlo y poetizarlo. No debió dejar de ser, pienso ahora, la montaña privacidad de investigadores y estudiosos, de artistas; dejándonos entrar en tropel a los demás. No debieron las montañas clausurar su fielato haciéndose públicas, mapa de cercanías y paseos. De aquellos excursionistas, debatidos entre la mera erudición y la lírica, sólo se podía esperar el respeto por lo investigado, lo pintado, lo cantado o lo versado, es decir por la naturaleza. Para el excursionismo contemporáneo que hoy ejercemos nosotros demasiada sería esa presuposición y, habiéndose multiplicado el número de aficionados a la montaña y su contorno, la sierra-musa de los noventayochistas está en más serio peligro que nunca.

Ha pasado un siglo desde tan ilustres invitados. La decadencia que sufrimos no es mucho menos preocupante que la de 1900, pero la sombra de un proyecto trazado con tiralíneas sobre los planos de la Sierra de Béjar puede dejarnos sin objeto de deseo ni reclamo de sabios. Muchos de los promotores y defensores del esquiable invento no conocen ni las laderas, ni los valles, ni las cumbres de esta montaña por la que planean sus insaciables babas lucrativas. Demostrado su escaso afecto por la montaña, por su verdadero significado, produce miedo imaginarlos en ella. Sólo me queda desear a los valedores de ese magnífico despropósito, que, abundando en su comodidad, jamás conozcan el lugar que ignoran:

No conozcan, pues, El Trampal, Talamanca, el Jorco, Los Canalizos, El Chorrito (tan cerca y tan lejos de Béjar). No conozcan, por favor, Hoya Moros, diamante y corona de la Sierra de Béjar: los riscos de El Tejadillo y Paso del Diablo, colgados al precipicio donde se genera la hilatura de plata del Cuerpo de Hombre.  No conozcan sus turberas empapadas de plantas endémicas, la carnívora rosoli de agua, el festival rosáceo de la amarga genciana, la campánula o el azafrán serrano. No conozcan, por favor, sus amaneceres manchados de luna perdida con el aleteo de los buitres, las águilas culebreras o los cernícalos; ni sigan el rastro de la comadreja o la musaraña, en el nevero terminal bajo el balcón rocoso del Torreón. No contemplen ninguna aurora desde la erguida canal de los Dos Hermanitos con una mezcla extraña de miedo y placer de belleza, asomados a la grieta titánica que atraviesa la enormidad de uno de los riscos. No recorran nunca los primeros gateos del río espejando narcisos y cervunos a su paso, retorciéndose en meandros y sorteando los caprichos de la orografía con saltos deshilachados de agua donde se recluyen en verano los siete colores del arco iris. No crucen jamás el laberinto de rocas ciclópeas que desconcertó a Sanz Donaire en su periplo docto y glaciarista. No entren nunca a la secreta gruta de derrubios en busca de la leyenda (".en Hoya Moros guardo mis tesoros"), ni prueben la beneficencia del agua acristalada recién nacida ni la brisa con que, desde ese lugar mágico, el sol se entrega a la noche.

No lo merecen.