De este lado del Río Grande, alzados sobre el capital de nuestro privilegiado Occidente y sobre el capitel de estas columnas, no precisamente de estilitas, contiguo amigo Santiago Nieto, tú escribiste "Olé tus güevos Evo. Tú me haces creer" y yo "Queremos tanto a Fidel". Tú y yo, Santiago, beneficiarios de las mieles del libre comercio y de la libérrima empresa, redactamos con variables semanales sendos discursos de opinión que nos resitúen en una izquierda soñada y literaria. Pero la izquierda no puede ser un juego ni una pose para llevarse a la chica progre, ni un ejercicio de seducción para el electorado ávido.
La izquierda sobre la que giran tantas opiniones columnistas, es como la Verdad: no existen medias verdades que no sean mentira ni existen medias izquierdas que no sean derecha. En esa medianía nadamos guardando la ropa, con muchos guiños pero sin ninguna palabra excesivamente alta, la antigua radicalidad de rockeros viejos e insobornables se ha ido quedando, Santi, en este pop melifluo que ofrecemos al lector, por más que "queramos escribir los versos más revolucionarios esta noche."
Más bien es esa hispana prepotencia, disfrazada de compasión y de la que solemos hacer uso al referirnos a los países latinoamericanos, la misma que nos dicta a ambos elocuentes referencias a viejos enarboladores del indigenismo, de las nacionalizaciones y de las patrias-versus-muerte, siempre con un trasfondo de gringos perversos. Persuadidos aún -hablo por mí- por la imagen barbuda de un "che" apenas decolorado y comprado en mercado libre de pegatinas, discurrimos, hablamos y escribimos del odiado capitalismo que todavía no nos ha arruinado, de la derecha que nos parió y que rechazamos como a un progenitor demasiado benévolo que nos avergonzara.
Asidos a esta Península Ibérica (aun no balsa de piedra pese a los esfuerzos poéticos de Saramago) y a nuestra europea condición, hablamos del hermano austral, ora cubano ora boliviano o argentino, como quien habla de un lejano primo que recuperara su condición familiar en el triunfo y que ninguneáramos en el fracaso.
Evo, Castro, quizá mañana Ollanta Humala se aseguran el beneplácito cómodo de nosotros, burgueses rebeldes de remordida conciencia, que un día escribimos de los pobres y al otro buscamos un hidalgo conquistador entre el árbol genealógico. Pero aunque queramos tanto a Fidel, a Ollanta o a Morales ellos no nos corresponden con recíproco amor, matan a disidentes o lanzan soflamas racistas en las que el único americano real es el indígena (gaucho, cholo o indio) frente al criollo. A veces el ejército estataliza un país, arruinando pequeños y humildes empresarios para provocar diásporas inacabables, inspirar tangos o dejar en manos de una tarde propicia de fútbol el legítimo deseo de la felicidad.
Esta nueva generación de mandatarios que conoce y sufre los fracasos del pasado tendrá en sus manos la tarea de hacer la revolución inteligente olvidando prejuicios raciales y heredadas tendencias a la violencia. Tal vez, por qué no, esté fraguándose ya en ese mismo país boliviano que vio morir a Guevara, revivido en este demócrata confeso que irrita a los puretas con sus jerseys de vicuña y desmoraliza a las grandes multinacionales, porque yo me alegro, como tú Santiago de la nacionalización de sus recursos.
Mientras, y a pesar de ello, nuestra Repsol contaminante sigue patrocinando todas las noches el cambio climático que ella misma provoca, predicho por boca de José Antonio Maldonado, y hasta las tormentas que conllevan las decisiones bolivianas. Que tormenta y revolución van parejas y nos gusta verlas, describirlas y quererlas desde lo alto de nuestras
columnas. Es decir desde lejos.