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¿Qué es lo Cervantino?

Oscar Rivadeneyra

Atrapados entre las patas de araña del logotipo de Ciudad Cervantina, en cautiverio, que no cautivados, por esta proliferación de fetiches del Siglo de Oro y alusiones al príncipe de los ingenios, parece llegado el momento de dirimir si nuestras letras, nuestros números y nuestros sueños cervantinos son o lo parecen, y si al siglo que nos acoge algo de aúreo le queda.

Preguntarnos si realmente Cervantes logró tal caracterización de su personaje como para perdurar y poder hoy dar calificativo a un vestuario o a toda una ciudad y aun más, a un año entero, y lo que resulta más sorprendente, darlo también a instrumentos tan ajenos a las épocas que pisó el escritor, como un tren de pasajeros parlante y publicitario o un estilo cinematográfico.

Si aquel poeta abandonado por el talento, mutilado y pendenciero, se ha colado, pasando el filtro del olvido, en el marcapáginas de nuestros días, sorprende habiendo hecho más méritos nuestra ciudad para ser quevedesca, por el humor con el que resuelve los conflictos, aun gongorina, por lo retorcida, cuando no dantesca en su representación diaria del drama y la tragedia.

Pero habiéndosenos otorgado el título de cervantinos, sin pedirlo ni merecerlo, veamos la amplitud o lo exiguo del término: Pues si cervantino es usar golilla bajo la mandíbula dejemos la cervantinidad para meses menos tórridos; si es lucir perilla peinada el apelativo queda para unos pocos sibaritas de la metrosexualidad; si cervantino es ser manco, cervantino será el viejo alguacil de San Miguel de Valero; si es rendir, como el alcalaíno, pleitesía a duques y poderosos en beneficio de letras (las libreras y las bancarias), más de un escritor lo es hoy; si consiste en ser blanco de fracasos y decepciones, cualquiera de nosotros cervantino puede presumirse; si fuera acaso exhibir, como él, hebraica nariz y perfil, la vecina Hervás está plagada de ellos; si se tratara de leerse a "Rinconete y Cortadillo" los pretendientes al título se restringirían.

Las autoridades, en la parcela que les responsabiliza en nuestra educación y conocimientos, practican la pedagogía de la culturización de los pueblos a través de trivializar un tema cada año, la Plaza Mayor Salmantina, Cervantes, Dalí. y convertirlo en mercancía consumible, vendible y soportable. Lo cual puede ser un acierto, al menos en intenciones, pero también una osadía al no educarnos en la capacidad de enfrentar la complejidad del pasado y sus personajes con todas las consecuencias. Así acabamos empujados hacia la decepción de que ni la vida, ni los escritores de hoy nos resultan tan simpáticos como Cervantes y por lo tanto resolver, también sin mayores criterios, que "cualquier tiempo pasado fue mejor".