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Epístola Pública a Ramón Hernández

Oscar Rivadeneyra

La profesionalización de la política actual, y su ya veterana democratización, ha convertido la carrera de los hombres de Estado en una competición dolosa donde la Historia cubre de omisiones a todo el que no cante victorias o cate poder; recordando sólo a los vencedores y dejando a los segundones con un aire de derrota y de olvido. El acceso a los gobiernos, desde la municipalidad a la nación, pasando por los intervalos diputacionales y autonómicos, termina por convertirse en el único y verdadero reto de las hordas políticas, confiadas en que los ciudadanos les deleguemos la soberanía colectiva del poder.

En uno de sus cuentos fantásticos Jorge Luis Borges, indultado por la literatura y condenado por la política, se arriesgó a decir que "cualquier humillación es una penitencia y cualquier fracaso una misteriosa victoria". En la breve novela se buscaba condonar, con esas armas paradójicas que tan bien sabía construir el escritor porteño, el alma de un político equivocado. Se trataba de contravenir el orden lógico del éxito y la derrota con el que juzgamos siempre al campeón frente al finalista, y al gobernante frente al opositor.

Del jefe de la Agrupación Socialista Bejarana y de su "misteriosa victoria" no podemos substraernos de hablar en estas semanales letras de color castaño, con la calma literaria de un agosto exhausto o de un septiembre redundando en canícula y verdores revenidos. Hablar intuyendo el anticipado regusto a nostalgia que Ramón, desde su palco de errores y aciertos, habrá propiciando a buen seguro en sus entrañas,  camino de un nuevo destino: luso y diplomático. 

Béjar, sitio iluso y sin diplomacia posible, pierde, con este abandono o con esta renuncia, la brillante retórica del militante socialista, relegado, en buena parte de su actividad municipal, a esa impopular y agria ocupación opositora donde sólo caben dos opciones: aplicarse en una brillantez renovada en el discurso o dejarse caer en el rencor incomprendido de quien divisa desde lejos las mieles del gobierno.

Béjar, lugar de gracias inmerecidas y de proverbiales desagradecimientos, va despidiendo con palmadas y buenos deseos callejeros al político, relamiendo algunos el sabor a derrota que deja renunciando al alterado ruedo municipal. Pero cuando la despedida es meditada y reflexionada (sin duda así parece la de Ramón) no se cruzan puertas traseras para el adiós, sino las del diáfano y secreto éxito que, en demasiadas ocasiones, supone el irse del lugar que nos vio nacer. Por deducción muchos de los éxitos políticos que no logró Ramón Hernández los lucen hoy otros, coronados de doloroso fracaso.

Béjar es lugar cada vez menos propicio para el pensamiento (su mero intento ya va resultando extravagante). Esta es la deducción lógica al éxodo intelectual que ha ido sucediéndose durante los últimos años y que mantiene descabezada a la ciudad en el momento en que más necesario se hacen los discernimientos, el empeño de las ideologías, y la exigencia del debate. El vehemente político socialista no hace otra cosa que abundar en este déficit con su decisión en la que, como en tantos otros, combaten, hasta después de haberla tomado, las necesidades laborales con la añoranza hacia el lugar de origen (el olor de las frondas oscuras, los nombres de los sitios, su historia, ciertos instantes del otoño, el acento de las conversaciones y todas las cosas que en esta babilónica ciudad nos son comunes entre estimados y enfrentados). Cosas del pueblo de Ramón, que también es el mío, donde las discrepancias -que las tuvimos- terminaron siendo el camino más despejado hacia el consenso.