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Doña Faduena no Reposa en Gloria

Oscar Rivadeneyra

Remover piedras siempre ha sido ejercicio arriesgado y censurada costumbre pues debajo de ellas más cómodamente suele residir el punzón del alacrán que el destello del tesoro. Pulsar las lápidas es ya profanación aunque éstas sean arqueología de muertos tan olvidados y con menos flores como las de los judíos bejaranos, a los que Santonja da residencia definitiva en su última publicación, cerrando con la documentación como losa, un largo debate.  Y como en nuestro reducido ámbito nada es posible dirimir ni especular sin suponérsele querencia política, la situación de la judería bejarana se convirtió para alguno en cuestión de Estado; estrechas menudencias, en fin, de estados carenciales más bien.

La lápida de Doña Faduenda, bejarana de aquella alfama controvertida, y de la que tenemos reliquia exacta, está saliendo de su reposo rezado en epitafio, y no para dignarla con la erudición de ningún experto sino para introducirla en la polémica, ya tediosa, del archivo salmantino. No ha sido la próxima apertura del museo judío sino la entrada en ese conflicto de autonomías y reliquias lo que ha movido a los representantes del gobierno bejarano a reclamar la devolución de la pieza original de esa lápida que puede contemplarse en el museo sefardí toledano, junto con otros legados supuestamente sólo bejaranos y por ello, también supuestamente, de exclusivo alojo en nuestra propiedad.

Dos conflictos, uno permanente y otro coyuntural, se abren removiendo la piedra sepulcral de Doña Faduenda: el de la relación entre la copia y el original en las obras históricas, y el de la conveniencia de reclamar como propio lo que es de todos. La famosa lápida hebrea de la que tratamos, en la medida en que es pieza arqueológica también es archivo y fuente documental del pasado, en la que una copia no responde, obviamente a las demandas del experto y del científico. Esto es que la pieza verdadera habrá de estar siempre a disposición de esos investigadores y, por lo tanto, en el lugar más accesible para ellos. En las obras de arte, no obstante querer el original no deja de ser un capricho de autenticidad en donde se fundamenta su negocio. No sucede lo mismo con los papeles del archivo de la Guerra Civil, que no son hoy por hoy arqueología ni obra de arte y por lo tanto, en términos de investigación copia u original albergan la misma validez pues es el contenido (idéntico al reproducirse) y no el continente lo que interesa.

En este sentido la situación geográfica de tales documentos responde del mismo modo a los requerimientos de los estudiosos tanto en Barcelona como en Salamanca.

Cuestión distinta y mucho más relativa es la de la conveniencia de pescar en el río revuelto de la actualidad solicitando la devolución de fondos, legados y piezas como política de contraataque. Querer ahora, y no antes, la lápida hebrea de Doña Faduenda (traicionando los deseos de descanso de su epitafio) o los dibujos de Mateo Hernández (valiosos como complemento didáctico de los procesos estatuarios del escultor, pero carentes de interés artístico) es una respuesta con escaso fundamento a la afrenta de la que nos creemos víctimas y que siempre tiene como fondo levantino un complejo no superado (e insuperable) frente a las regiones y autonomías más prósperas de España.