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Don Nicomedes y el extraño pensamiento

Oscar Rivadeneyra

Los hombres notables que doran el currículum de la ciudad dejaron finalmente, pese a su talento, una cierta estela de frustración en el imaginario colectivo de Béjar. Leer las biografías de Francés de Zúñiga en su aportación literaria al siglo XVI, de Mateo Hernández en la artística del siglo XX o de Martín Mateos en el pensamiento, deja a quien lo hace con una sensación incompleta de lo que pudo haber sido y no fue, como si los méritos aducidos e interpretados por sus biógrafos no hubieran sido suficientes para que su conocimiento e influencian hubiera alcanzado horizontes mayores.

La trascendencia intrínseca de su obra no se corresponde con la intrascendencia de su difusión o de su influencia en los ámbitos mayores de sus correspondientes disciplinas. A menudo no ha pasado los límites ceñidos de esta ciudad ni de los aun más escuetos de sus estudiosos.  En otras ocasiones leer las valoraciones locales, teñidas de subjetividad y chico-patriotismo (permítaseme la expresión), de las que han sido objeto en muchos momentos estos creadores configura un idílico universo de mitologías donde sólo había historia y de héroes donde sólo había hombres.

Una burla literaria de Don Francés, una piedra negra y brillante de Mateo o una divagación filosófica de Nicomedes no han podido, pese a los esfuerzos de sus divulgadores, pasar del efecto restringido que supone la complicidad de los paisanos que se acercan a sus figuras más por compartido lugar de origen que por interés en sus facetas. La pasión que éstos ejercen en quienes se han acercado a todos ellos y a las obras mayores que Béjar ha concebido, suele pasar, sin apenas intervalo, del engreimiento al descreimiento: del engreimiento en principio por creerse partícipes de una ubérrima población de repetidos talentos y esplendores añejos, y del descreimiento después por reconocerse objetivamente los límites de éstos, cuando no el engaño en que la historia oficial nos tenía sumidos.

El esplendor siempre es mentira porque nunca es cosa de presentes sino de pasados y el pasado tan solo es una media verdad.

Entre ese elenco de hombre locales llamados al triunfo y quedados en la relevancia, y cuya actitud y filosofía mucho tienen que ver con ese descreimiento figura el citado Nicomedes Martín Mateos. Don Nicomedes regresa estos días en forma de recuerdo y de conmemoración cuando el momento reclama y exige la presencia de hombres que, como él, tengan su misma capacidad de mediación y de arbitraje.

Por eso es deseable que este año de Martín Mateos no redunde en las conocidas loas ni en el ascenso a los cielos previo homenaje del fundador de la Escuela Industrial, que no se quede en la reproducción broncínea de su busto sino en la reproducción de su pensamiento, que es lo que interesa de las testas más privilegiadas, actualizado, comprendido y puesto en práctica en esta Béjar contemporánea. En la capacidad demostrada de quien ha de comisariar estos actos, el profesor José María Hernández Díaz, debemos creer para que su figura, aun en estos tiempos desfilosofados, adquiera actualidad e insufle de talento a los políticos de hoy. La imparcialidad de Don Nicomedes, su creencia en al inoperancia de la política, la anteposición de la razón a casi todo y sobre todo su repetido talento creando puentes entre los ciudadanos y sus dirigentes siempre con estos primeros como prioridad, han de ser las enseñanza que todos saquemos de nuestro "viejo profesor".

Quizás, de todas esas figuras bejaranas citadas al comenzar (medio míticas, medio frustradas), la de Nicomedes sea la más útil y su doctrina la de interpretación más necesaria y aplicable en el día de hoy. Frente a la crisis filosofía.