Durante décadas la opulencia y la manifestación de la riqueza tenían en Béjar el nombre de Don Ciprianito, que más que el nombre de pila de uno de sus industriales más significados e influyentes, era la expresión o el estereotipo de cierta manera de exhibir las abundancias y de gobernar a través de ellas. Era la metonimia que alcanzó a simbolizar toda una época en que los atlantes de la industria textil se apoyaban sobre sí mismos para medrar en puestos políticos extendiendo su influencia y valimiento por todos los ámbitos. Desde sus resonantes razones sociales escalaban a esferas de poder para redundar los beneficios sobre sí, eternizando y multiplicando su hacienda, y convirtiendo a Béjar en una más que envidiable sociedad bien avenida de patronos y obreros.
Don Ciprianito no era un hombre ni un nombre sino una manera. Algo así como el Tío Sam americano o un Mister Marshall que se quedó entre nosotros, el tío Gilito a quien se envidia o critica por las esquinas y se le reverencia en su presencia. Era la época en que el poder político era una fiesta más de la alta sociedad a la que solamente se accedía con etiqueta y monóculo, y con las prebendas de un bolsillo bien inflado. Pero los "Ciprianitos" se encontraron camino de las Cortes de Béjar a Don Filiberto que tampoco era solamente un médico altruista sino un antagónico símbolo, por su parte, del liberalismo y las políticas sociales, de esa manida expresión de "servicio al pueblo". Las dos Españas, pues, se atravesaron en los caminos de Salamanca entre la cátedra y la fábrica, entre el intelecto y el camarín de la Virgen.
Aquello fue en los años treinta.
Todavía hoy hay Don Ciprianitos y Don Filibertos, todavía sus nombres evocan dos formas de interpretar el poder y de servir a toda la escala de patrias que los individuos tenemos.
Quizás la intelectualidad se ha acabado demostrando torpe fuera de sus letras y sus discursos en las horas decisivas en que ha tenido que gobernar. Quizá la burguesía ha seguido gobernando en Béjar subrepticiamente, pero hábiles unos sólo en el pensamiento y los otros sólo en sus negocios el poder ha acabado en la medianía funcionarial de hoy, carente de grandes compromisos y de magnas ideologías.
Nada cambiará (apenas sólo las caras.) si la tómbola democrática elige para los próximos años al candidato socialista, otro Cipriano, Cipri en este caso. Otro diminutivo que suelen servir para reducir en sumisión al que lo nombra y engrandecer al nombrado, por aquellas paradojas que llamaron siempre Ciprianito a los acaudalados y poderosos.