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El Discreto encanto de la Progresía

Oscar Rivadeneyra

El Hotel Colón fue el postrero negocio rentable de la clase fabricante, el portal de Béjar en tiempos de enclaustramiento y encasillamiento; la racional arquitectura que abandonaba las opulencias para bajarse al nivel de la calle en busca de una última envidia que provocar. Solana de San Juan se llamaba aun la vía cuando la clase dominante no dio para más y comenzó su multiplicación con retoños equivocados y niñas redichas que aburrían sus tardes privativas en el Casino Industrial. Apellidos compuestos y recompuestos por una nobleza obligada, haciendo cónclave de vermút con hora exacta en su barra, todavía con descarriados golfos o vástagos díscolos al regazo de las telas lucrativas. Riqueza de breves miras y periferias perversas.

El Hotel Colón inauguró las décadas terribles del "tardotextil" y en el se refugió el póstumo y discreto encanto de la burguesía (maldito el encanto) desatendiendo a los nuevos modos que los comerciales y los profesionales daban a su ostentación. Se había perdido todo hechizo después de quemar dinero literaria y literalmente, delito no mayor que el de carbonizar las esperanzas, años adelante y cierre a cierre, de un pueblo hipotecado a partes iguales por el conservadurismo de empresarios y obreros.

El viejo hotel dejó de ser del señor Vizoso para pasar a serlo del señor Málaga. Asumió la democracia inevitable de los matrimonios y llenó sus salones de más bodas imposibles que de conveniencia, dio fe clandestina de las intrigas del San Gil e inauguró la logia misteriosa de Rotary Club.

Ha sido en pleno verano (cuando llega a la ciudad una carga reiterada de nieves deshechas y de frases hechas,  mientras las bisnietas de los señores reconquistan la Calle Mayor y la pasean en dirección opuesta a la plebe) cuando los lobby de la progresía han recobrado el Hotel Colón para hacerlo techo y testigo de sus revoluciones hogareñas.

Diecinueve de julio: Jesús Caldera y José Montilla, como una condena al número perverso de su víspera, eligen este día para hacer visita oficial en el antiguo hotel de los industriales. La izquierda local espera en la puerta señorial a los ministros; entretiene los minutos purgando sus complejos de no gobernar en terreno obrero, de no haber sabido ser nunca la antítesis de la patronal bejarana. La izquierda eterna ciñe su preocupación con corbatas y americanas de marca por las que asoma un estampado levemente sindical. A la izquierda, afeitada y acharolada, la escolta la Guardia Civil caminera y todo tipo de armas reglamentarias, desde la pistola al micrófono.

El rostro del progresismo sobresale de su solapa con toda la inquietud del segundón que ve posible desagraviarse con loores de triunfo. Cambió La Otra Casa por La Alquitara, la Internacional por el blues; ha querido ser, en esta travesía del desierto, intelectual bajo el Sornabique, solidaria en ONGs y fundacional bajo Premysa; pero sólo ha logrado parecer, ante el prejuicioso examen local, sectario y reservado.

A la izquierda, como ha protagonizado las más sanas rebeldías personales, sólo se la puede despreciar, cuando yerra, cariñosamente.

Con el ministro pródigo y su plan bajo el brazo, y con Montilla en expectación charnega, llega un afán de reconquista que va más allá del querido Hotel Colón y ambiciona todo un pueblo antes de que se "desobrerice" y la anodina clase media inunde sus viejos obradores. Un plan textil que no acomete la quimera de reflotar la tradición sino de finiquitarla, y despedirla amistosamente comprometiéndose las partes históricas a nada más pedirse ni reclamarse.Un pacto social de punto y final con lo que nos quede de elegancia, para concluir esta historia que ocupa toda la Historia, dejando los bolsillos de los trabajadores saneados de pensión y sus memorias libres para la nostalgia.

El discreto encanto de la progresía. Porque en esta "montuosa, poblada y larguísima Babilonia" bejarana, ni los patronos ni los obreros son ya lo que eran.