Todas las tardes, en el apagarse lento de los colores que precede al definitivo ocaso, las nubes negras asolan el cielo más cercano a los tejados, como un preludio de la noche. La niebla parpadeante de estorninos se hace con el mando del aire para caer en nuestras cabezas, en nuestras copas y en nuestros tejados como una red de mal agüero que nos encerrara a diario en el pesimismo o nos vistiera con el luto de la muerte lenta de nuestra ciudad.
Todos los inviernos las nubes blancas abovedan el techo diario y lo convierten en cielo raso de nieve. La inconcebible blancura de la que nos avisaba Goethe en sus teorías del color se torna posible en el instante mismo que precede a las nevadas, en la hora desafiante en que los niños rezan para no volver a ver el cielo y las estrellas pues la infancia es tan perecedera como una rayuela de tiza o un muñeco de nieve.
Todos los días laborables, el cielo escueto de Béjar recibía las nubes manufacturadas de cada caldera y cada chimenea fabril como una ofrenda al cielo de lo que quedaba de la lana o del jersey, apenas convertida después en nube velada, en estrato pictórico para Darío de Regoyos o Manuel García Blázquez.
El cielo es el diagnóstico de sus protegidos, un azul que, como el del mar, devuelve tarde o temprano todos los humos y humores que les lanza esta ciudad: el grito inaudible del que perdió su empleo, el adiós de los desterrados, la soberbia de los gobernantes, el mal humor eterno de los gobernados, las intrigadas tejidas y destejidas por las esquinas como deformación profesional ya inevitable de la vieja tejeduría. El hombre del campo y los meteorólogos rurales miraban al cielo para asegurarse sus beneficencias: la lluvia, o para prevenir la contrariedad: la piedra; aquí hay que mirar el cielo, limpio o cubierto, pero siempre como resultado de una queja, de un abandono, la muerte de una factoría, la emigración de un vecino, la naturaleza ofendida.
"Nos vemos en el cielo" intitulaba Felipe Comendador su primera novela, pero lo cierto es que nos vemos a diario bajo él, construyendo esta ruina bella y numantina de Béjar, en cuyo proceso de desmantelamiento la clase política es vanguardia tras la que todos colaboramos con un granito de arena o con una piedra en el camino. Y bajo ese cielo poético del escritor desde el que nunca llueve ni nieva a gusto de todos amanece y nos soportamos, que nos es poco. Y llevamos con resignación los envites del destino, temporales en ciernes, los despidos por llegar contemplando atontados la forma que las nubes a veces producen, asemejando a caras, animales o países. Y comprobando finalmente que el cielo anticiclónico de Béjar, ese que diseña auroras y crepúsculos en seria competencia bella con los de Granada, está rayado a menudo de estelas de aviones porque el progreso viaja sobre nuestras cabezas rumbo siempre a otro lado, comparetiendo beneficios en ajenos lares.
Dejándonos sólo tiras de humo y nubes de tormenta.