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¿Por qué desterramos a los pintores?

Oscar Rivadeneyra

El pluviómetro de los otoños se estrena en la fe lluviosa registrando a su vez, con cuentagotas, el abandono al que los artistas del pincel y el lapicero nos han sometido en los últimos años. En cada inicio de curso escolar y laboral recibimos la espalda ancha de un artista más, que, siguiendo una peligrosa y contagiosa tradición, deja nuestras calles, nuestras tertulias, nuestro acomodado pasar por los días y las noches.

Pintores de toda condición, dibujantes diestros, fabuladores en dos dimensiones, soñadores que afilaban a la vez sus lapiceros y su imaginación para dejarnos un pedazo de nosotros mismos enmarcado con moldura y pass-partou, nos dejan tirados en esta cuneta provinciana abonada al "blanco sobre blanco".

Las bajas en materia artística se nos acumulan en una triste repetición del destino torcido y desterrado de Mateo Hernández, que se renueva fantasmalmente cada vez que un alma sensible o un espíritu creativo osa lanzar raíces en la entraña bejarana. Abandonado primero a la huraña condición de tener que amistar sólo con el paisaje -señuelo de la pintura y de los pintores que nos rodean- y renegar después del paisanaje; para resolver finalmente con la renuncia definitiva al lugar y la decisión de escapar; coger los trastos de la faena pictórica y salirse por las márgenes de su propio cuadro en busca de tierras y ciudades más propicias.

En el cajón de sastre de mi escritorio aparecen hoy dos programas de sendas exposiciones, dedicadas por sus autores: Marín García Agudo y Antonio Varas de la Rosa, con la íntima discreción del primero y la proliferación creativa del segundo; la seriedad estilita y cafetera del de Bañobárez y la frivolidad coloreada del madrileño. Ellos son las dos últimas bajas de esta sangría de artistas, antítesis ambos en dos maneras bien diferentes de entender la vida secreta que discurre en el proceso creativo, pero los dos, a su vez, ejemplares de la filosofía de la imagen, e intelectuales de la figuración, de los que hemos prescindido sin habernos molestado en conocerlos en profundidad, siguiendo el hilo y la pista de sus pinturas o desentrañando la trama de sus dibujos.

Aunque el anuncio de su ida (huída) no pueda ser comparable con las clausuras anunciadas de las grandes factorías industriales, ni siquiera con los cierres comerciales que tachonan paso a paso la Calle Mayor, añade a la general desesperanza un déficit de pensamiento y reflexión, quedándonos también sin el arma inefable del arte, aquella que en otros lugares, parejos en la crisis, está sirviendo de desahogo y reflote. El pesimismo nos ha pillado sin pinceles en la mano, sin creadores en la calle y sin sueños en la cabeza; la desesperanza leyendo el Marca rutinariamente en el domingo, en paseo estéril de parque y vuelta, o cantando un órdago inútil en el Casino, mientras los artistas que tuvimos amarrados entre los dientes de nuestra ilusión pasada, rehacen sus vidas lejos de nosotros, componen sus cuadros frente a modelos ajenos, cansados ya de la lucha vana por la primera o segunda patria que les fue Béjar. Su aroma de esencias de trementina apagado, su iconografía privada y secreta ya para otros ojos.

Me animo a la reflexión crítica respecto a los motivos que nos están convirtiendo en un páramo sin atingencias de Marín, ni cómics de Varas, sin figuración ni abstracción, sin hilatura de lana ni hilatura de trazos y esbozos, sin tela, sin lienzo, sin mural ni grafiti, sin estampado ni grabado: un desierto de pensamiento e imágenes olvidadas mientras releo las dedicatorias antiguas de Varas y Marín, y demás pintores desterrados. Y paso las páginas de sus catálogos, cuelgo y descuelgo sus obras para mirarlas entre esta niebla de otoño permanente.