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Derecha Golfa y Anarquista

Oscar Rivadeneyra

Quizá porque la derecha más retrógrada y exhibicionista está a menudo nutrida de viejos revolucionarios renegados, cierto deje antisistema preside, hoy en día, sus afirmaciones más grandilocuentes y sus hechos menos afortunados. Es el peso anticuario del 68, el LSD, los Beatles y las últimas melenas hippies que crecen todavía sobre los hombros de José María Aznar para recordarnos que el facherío tuvo su concesión adolescente e inmadura al sentimentalismo. El pasado regresa camuflado en la genética gamberra de nuestros ídolos del Partido Popular entregados a las actitudes más mundanas inconcebibles en gente de tan elevada condición.

Sólo de decepciones por el pensamiento utópico y el idealismo deshechos puede estar configurado el andamio del rencor desde donde cierta derecha arenga, copa de vino en mano, a toda suerte de huestes ansiosas de oír, con la misma pasión, eructos que exabruptos.

Siempre hubo en España una derecha de profundas creencias morales y exquisitas maneras en sociedad, una derecha de guante blanco que vive hoy relegada en ciertas lejanías aristocráticas y en algún sucedáneo burgués.
Pero lo que hoy se lleva entre los seguidores del conservadurismo es una diestra casposa y gamberra, mañanera y heredera de la estética de Millán Astray y Queipo de Llano, que no desestima seducir al personal con armas de la canalla y comportamientos impensables en un caballero español hecho de alcurnias y costumbres.

La derecha ha roto sus prietas filas, disciplinadamente ordenadas hasta la fecha, y ha corrido a exhibirse por garitos, calles y aceras viviendo el morbo sabroso de probar la prohibida fruta de las manifestaciones. Cada vez que toca encabezar una de ellas sus dirigentes dejan de pegar tiros a los jabalíes y cambian el golf de los domingos por la golfería de los sábados, las calles y las pancartas, dejando un rastro, tras ellas, de colonia cara e himno nacional enlatado. El resultado es una mezcla deliciosa de rancia ideología y de aptitudes heterodoxas, de rectitud y de ebriedad, de respeto al orden y de objeciones insumisas a la ley.

La derecha, en fin, sigue quedando por el mismo lado, opuesto al corazón; y sigue pavoneándose de recoger el relevo del eterno iberismo. Pero, como casi todo, ya no es lo que era. Resulta a la vez liberticida y libertina, autoritaria y gamberra, quitándole a la izquierda la patente de la queja y el cabreo. Ha perdido definitivamente ese academicismo preponte a incontestable que le dieron Ortega y Gasset o Ridruejo, cambiándolo por la vulgaridad radiofónica y obispal que hace amanecer erectos a sus miembros más irrecuperables.

Por eso, quien más o quien menos, deja vencerse, ante este indisciplinado panorama de roles cambiados, de cierta añoranza por un conservadurismo primoroso y antiguo: el de la conveniente permanencia en el tiempo de valores no debatibles e innatos. El de las buenas maneras, pervertidas por la exacerbación actual de las ideologías.