La globalización era en un principio un hermanamiento entre extraños propiciada entre otras cosas por las nuevas tecnologías y el vértigo de su capacidad, y por ello en un primer juicio de su inevitable trascendencia en el mundo moderno, éste había de hacerse en términos positivos.
Pero, como luego expresaremos, enseguida trascendió su primera perversión: la unificación de hábitos no sólo macroeconómicos sino también en su involucración social en cada uno de nuestros colectivos (nacionales, regionales, continentales) para que todo en la vida requiriera de un modelo unitario que lucrara tan sólo a unos pocos. La globalización es una conquista sibilina que se hace sin caballos y sin cota de malla sino por la fuerza y los tanques de la publicidad (subliminal o directa), después por el dictamen de la costumbre y finalmente por al marginación de los no adeptos.
La remota edad en que los medios de comunicación y trasporte no alcanzaban a establecer lazos entre las civilizaciones menos cercanas y aun entre regiones de un mismo país, supuso para la historia el tesoro de la diversificación y de la variedad etnográfica, arquitectónica, costumbrista o idiomática de la que, por ejemplo, España alardea. Esa heterogeneidad (anti-monotonía) de aspectos no sólo repercute en el enriquecimiento de los que la protagonizan y desarrollan su vida entre ella a diario, sino que con la trasformación de las sociedades y sus hábitos de ocio se ha ido convirtiendo en reclamo para la cada vez más urgente (y también exigente) figura del turista.
Conceptos como el urbanismo, el diseño y la estética de la oferta del ocio están convergiendo en patronos idénticos pues la globalización también tiene cabida y actuación cuando de diversión se trata. Ese es el rumbo equivocado que está tomando nuestra política regional a la hora de engancharse en la magna empresa del turismo que tanta rentabilidad ha concedido a España, el de la despersonalización frente a la autoafirmación de sus particularidades. La historia concede a los lugares señas de identidad, singularidades que son las que nos van haciendo diferentes a los demás y sin las cuales nunca seremos foco de distinción ni para mal ni para bien.
La oportunidad que la repercusión publicitaria de la Estación de esquí de La Covatilla ha ido teniendo a nivel nacional no sólo no está teniéndose en cuenta para su ramificación en otras versiones de la interpretación de la montaña y del lugar sino que está tomando derivas muy peligrosas frente a las que cualquier individuo sensible debe asustarse. No sólo no se está aprovechando este foco de atención para hacer acopio de las particularidades (lo "sui generis" que dirían otros) del lugar, que son muchas y ciertamente atractivas, y ponerlas de manifiesto, sino que se está permitiendo que la renombrada estación sólo evolucione hacia sí misma en una, diríamos, involución constante.
Esa estética turística dictada por las altas instancias del gremio y por los gustos del turista de efectivos (que no de calidad) es a la que nos estamos acogiendo subordinando y anulando con ello lo que nos hace distintos.
El resultado convertirá al futuro núcleo turístico de Béjar en uno como tantos, sin criterios que lo identifiquen: un campo de golf similar o idéntico a los que saltean la geografía mediterránea, una urbanización turística de nuevo cuño y con los mismos parámetros de tantas otras, una arquitectura igual (de aséptica) a la de cualquier núcleo sin historia, una estación de esquí en nada diferenciable a las de cualquiera de las demás cordilleras (todas las estaciones son básicamente lo mismo).
Quiera Dios de este modo que nunca lleguemos a ser ni un Baqueira ni una Sierra Nevada, pero no por los riesgos medioambientales que conllevaría, sino porque Béjar, con tan vulgares pretensiones, se habría desparticularizado en la generalidad, habríamos entrado en la globalización del turismo sacrificando todos los distintivos que nos queden. Habríamos tenido que entrar por el aro de la redicha "cultura de la nieve" (¿la dictadura de la nieve?) barriendo con su ventisca la verdadera cultura, la histórica y la local que todos los pueblos auténticos han sabido conservar y convertir en cabecera de sus propuestas turísticas. Pero aquí no.