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Cuatro "Marqueses de Sotoancho" y muchos "Santos Inocentes"

Oscar Rivadeneyra

Se cruzaron en mi tiempo de ocio dos obras literarias cuya reflexión me acompaña desde entonces con la misma cotidianidad que el paseo, la comida o el trabajo. Pasaba las páginas de las "Dos bodas del Marqués de Sotoancho" de Alfonso Ussía mientras se desenlazaba en la pantalla televisiva la última escena de "Los santos inocentes" de Mario Camus, versión flmica de la novela homónima de Miguel Delibes.

La ficción por más que pretenda serlo o por más que evada los puntos de la realidad, nos lanza consciente o inconscientemente pedazos de certeza a la cara. Tan solo cuando con formato de historia inventada nos llega la interpretación del mundo es cuando acertamos a conocerlo con toda la nitidez de la que somos capaces.

Las dos obras referidas son dos puntos de vista (quizá los dos únicos posibles) de una misma circunstancia que en ambos casos encuentra en el ámbito bello y cruel de las dehesas el espacio de su desarrollo. Ese escenario de privilegios e injusticias puede hacer tedioso el "dolce farniente" de los terratenientes (aburrido acaba siendo el discurrir diario de los personajes de Ussía) y hermosa la tragedia de los criados (pues todo rezuma belleza cruel en los de Delibes).  Las relaciones colaterales de dominio y servidumbre que se suceden bajo las encinas y entre el pringue de las jaras está en cada autor condicionado sin duda por su origen y su circunstancia personal, y así ven el aspecto del mundo, es decir de la dehesa, con el color del cristal subjetivo que la vida les ha puesto delante. Ussía es columnista de La Razón para deleite de las palabras y estupor del pensamiento, y circunstancialmente ejerce de pregonero de causas cuestionables en Salamanca. Nunca ha renegado de sus ancestros (hacerlo es sana costumbre sean humildes o afortunados) y si no es mejor literato no será por torpeza sintáctica o inventiva, sino por incapacidad crítica para superar en sus libros la autobiografía que, por complaciente en exceso, deriva en defecto. En ellos retrata la clase social a la que pertenece, encantado de haberse conocido, y en clave cómica. Los chascarrillos de su "Marqués de Sotoancho" redundan tanto en los tópicos de su condición que pareciera al lector por un momento que la vida de esos personajes no se asienta sobre una gran injusticia. Para recordárnoslo tiene que venir Miguel Delibes poniéndose en la piel de los protagonistas desfavorecidos y creando personajes en "Los santos inocentes" que partiendo de una renegación histórica van derivando poco a poco hacia la redención. Pero uno no puede sonreír después de su final pues entiende que no hay remedio al problema que no pase por la violencia; y ese es el verdadero desasosiego que nos paraliza la mandíbula.

Las dos piezas literarias que el azar me ha cruzado son dos modos de presentar el conflicto endémico, en su versión ibérica, de las desigualdades cuando estas son asumidas por beneficiados y sometidos como obra natural, heredada e intocable. La situación contemporánea del conflicto está maquillada y adecentada, pero en el mundo sin ley de las dehesas (es Castilla y nuestros pueblos una gran dehesa todavía) y en el cuarteamiento social y económico de las ciudades perduran relaciones de dominio y sumisión que hacen vivir a diario novelas en uno u otro sentido.

Sin ir más lejos Béjar tiene aun cuatro marqueses de Sotoancho y muchos Santos inocentes que han abandonado la rebeldía si alguna vez la tuvieron, o que creen ejecutarla delegando electoralmente su propio poder en las ramas políticas de las clases privilegiadas.

Ni las novelitas de Ussía ni la novelaza de Delibes forma parte extinguida de tradición alguna, son el reflejo a dos bandas de un tiempo pretérito, presente y, gracias a nuestro conformismo, más que probable futuro.