Del mismo modo que son ambiguos los sentimientos que inspiran el reír y el llorar lo son también los que avivan el deseo de construir desmedidamente, que por arte de paradoja, puede llegar a ser la manera más legal de destruir. Pese a la obligación del término, igual que muchas críticas, la construcción puede ser escasamente constructiva, y dejar en la cuneta más recuerdos que novedades pueda aportar lo erigido.
Y aunque la historia sea una sucesión de destrucciones arquitectónicas y paisajistas que han dado como consecuencia nuevos estilos impensables y nuevas aportaciones a la contemplación, aunque cada época quede manifiestamente definida por los modos de construir del correspondiente poderoso que la rige, pese a todo ello se hace deseable una ordenación y un sosiego a este aluvión constructor-destructor.
La piel de toro de España lleva camino de tornarse en un inmenso solar recalificable -es decir incalificable- ahora que, más los deseos que las infraestructuras, nos hacen creernos residentes posibles de todas las esquinas del país: desde la que se abre desde primera línea de costa a la inmensidad del mar hasta la que lo hace a la pareja inmensidad del cielo a través de los balcones de las montañas más elevadas. El hombre de hoy necesita bordes de abismos y vistas privilegiadas hacia lo desconocido para saciar esa acomodada inquietud por lo insondable avistado desde su bienestar; precisa del riesgo literario y morboso de ser pasto fácil de un tsunami o de un temporal como coste e impuesto de lujo por todas las bellas puestas de sol disfrutadas. Al borde mismo de la aventura verdadera pero bajo techo seguro y sobre lecho confortable.
Vivimos una nueva desamortización encubierta en la que los cansados terratenientes tradicionales se deshacen de su hacienda, de su pedazo de mapa, subastándola al mejor postor para mayor gloria de los nuevos propietarios y a menudo para triste final de horizontes, bosques y dehesas; porque ni Madoz ni Mendizábal inspiran esta reconversión de bienes de la que ha surgido, aparte de nuevos y felices hipotecados, una renovada categoría de ricos que "saliendo de la nada van llegando a las más altas cotas de la miseria". Detrás de los caprichos demandados está el gran gurú contemporáneo del constructor ocupando el lugar mítico que dejaron los antiguos patrones, los viejos señores y colonos.
El sombrero de copa y la pipa con el que los capitalistas antañones adornaban su indumentaria con ansias de recargada elegancia, se ha barroquizado en la imagen del constructor, de horterez oronda aprendida en convites de consorcios, con sudores ceñidos por su corbata asimétricamente descuidada, y un regusto inevitable en sus ademanes al origen humilde que lleva a gala como contradicción de los tiempos. Al constructor, que lidera la pirámide del "nuevoriquismo" siempre se le han achacado las escasa tablas para andarse y defenderse por las exigentes tarimas de la alta sociedad, que se delatan cuando de debajo de sus mangas doradas surgen unas manos peludas y rurales. Pero son las mismas que amasan fortunas dinerarias y desgastan en sus bolsillos de tergal el perecedero papel de los euros, las mismas que rebañan sus bocas en la sobremesa y después cierran negocios cruzándose con todas las manos de conveniencia, apretadas cuando no atadas a la rentabilidad oscura y reluciente, brillante y tenebrosa del dinero de hoy.
Construir o destruir, recalificar o desclasificar. Todo un mundo siniestro que pasa indemne por delante de la inocencia de nuestros ojos, que se desmadra en fiestas particulares donde ya en las renovadas élites se ha apagado todo rescoldo de aristocracia y todo respeto al que creíamos eterno buen gusto. Champanes caros y botellas a medio beber que desde los contenedores dan la bienvenida a las madrugadas y a la nueva clase social que con la complicidad hipotecada de todo contribuyente engorda mirando el futuro.