El diagnóstico de los forasteros enfrascados en esta ciudad, sobre los problemas que la pervierten y las motivaciones de donde derivan, suele ser más certero y sorprendentemente preciso que los de quienes vivimos aquí desde que nos nacieron. Ellos con sus definiciones nos quitan el velo con el que la cotidianidad nos empaña la vista no dejándonos ver las evidencias problemáticas o las elocuentes soluciones al eterno problema irresuelto de nuestra ciudad.
Éste siempre se ha querido explicar, entre nosotros, con un puñado de lugares comunes, frases hechas y rehechas que definen pretendidamente el carácter de los habitantes de este esquinazo de la provincia y con las que solemos dejar la conciencia tranquila respecto a nuestra participación en la resolución del laberinto bejarano. Entre ellas no falta la expresión que desde hace años lleva justificando todo tipo de prejuicios mutuos entre ciudadanos: "Es que aquí nos conocemos todos".
Replicábame uno de esos forasteros insertados ya en la tela de araña local que esta afirmación perniciosa y envenenadora se basa en una creencia más que cuestionable. El problema -añadía- tiene su génesis, precisamente, en que "aquí todos creemos conocernos", en que todos "creemos conocer a los demás" y en que todos "creen conocernos". Porque suponemos que el grado más superficial del conocimiento que tenemos del prójimo es el suficiente para emitir juicios de valor, adivinar sentimientos y predecir reacciones ignorando que conocer es algo mucho más serio y que conlleva profundizaciones a las que casi nunca nos atrevemos.
Conocemos a nuestros vecinos sólo de modo burocrático, con pocas más referencias que las que la inteligencia administrativa guarda de cada uno de nosotros: nombre, apellidos, aspecto, estado y ciertas filiaciones. Cada vez que se nos escapa alguna de ellas nos desconcertamos y no descansamos hasta resolver la incógnita (la administración hace lo mismo) y así todos regresamos al lecho en la creencia equivocada de que no se nos escapa una y a ese cierto orgullo de memoria del ciudadano que exhibe el supuesto mérito de no desconocer a ninguno de sus congéneres. De este somero saber de los demás surge el arbitrio de la mayoría de valoraciones personales y en definitiva la facultad que nos otorgamos de opinar sobre cualquiera sin margen ni porcentaje alguno de error.
Sólo escasas veces nos aventuramos a adentrarnos en el conocimiento más íntimo (que es el único verdadero) de quienes más cercanamente nos rodean pues creemos que ver es saber y tener unas simples nociones es conocer.
"Nadie conoce a nadie", somos una colección de rostros que nos miramos, a veces nos saludamos, y alardeamos con sólo ello de ser doctos en los demás. Una premisa para reflexionar antes del inicio del ejercicio diario de la opinión con la que salvamos sin piedad o condenamos dulcemente a cada uno de los vecinos.