En el exacto minuto en el que se redacta este artículo el exterior de la ventana me ofrece la imagen de una pareja de cigüeña blanca que observa estupefacta la desaparición de su nido, laboriosamente diseñado en el tejado a dos aguas de un edificio ribereño de la ciudad, y torpe y ramplonamente precipitado al vacío por las manos de un mandado operario. En los precisos, pero variados, momentos en que este artículo aparezca en la pantalla de cada uno de los lectores, la pareja de zancudas habrá rehecho su cuna ramificada, habrá desestimado esa intención reconstructora, llorará lágrimas salvajes el fracaso de su reproducción, o habrá tomado el camino de mares meridionales, muerte sureña y desterrada.
Cree la ignorancia que la arquitectura elemental y eficaz del nido de las cigüeñas no es bello tocado sino corona de espinas que han de llevar como lazo último de su tortura los edificios, los campanarios o las chimeneas. Un precio de peso que hubiera que pagar por la osadía de tentar a las alturas.
Cree la estupidez atávica de estos modernos verdugos del tejado que la madurez y la hombría es empezar a pensar que, en vez de niños en el hatillo, las cigüeñas propagan malos agüeros y enfermedades (más televisivas que aviarias) por cada una de sus estaciones, donde plantan su imposible pica primaveral en mitad de los temporales.
Se empeña el ojo (miope de necesidad y de necedad) del destructor de nidos en no reconocer en el perfil de su víctima la única nota biológica y elegante de este sky-line desdiseñado de Béjar, la guinda necesaria del pastel (a veces pastiche) constructivo de nuestros hogares. Cree, en definitiva, la ignorancia contemporánea que la defensa pertinaz que ciertos ciudadanos se empeñan en elaborar y perpetuar sobre las especies vegetales y animales más en peligro (y por eso mismo menos peligrosas) son un simple altruismo romántico e incordiante que buscara la mera satisfacción de contemplar el mundo convertido en un zoológico.
Como toda relación de vecindad, la del hombre con sus más cercanos animales se viene desarrollando en términos de paradoja. También la del urbanita con las cigüeñas: aquel con sus montañas de desperdicios y basureros atrae a la necesidad de éstas, pero repele su compañía cuando el ave riega con refinadas heces terrazas o campanarios, nuestro propio
desperdicio al fin y al cabo pasado por un proceso digestivo más. No soporta la naturalidad de un animal salvaje y libre procreando encima de sus cabezas, acostumbrado como está a enjaularlo o atarlo en cetrería, a hacerlo mascota para lucimiento de damas cuando no termina por mutilarlo manufacturadamente en bufanda peluda.
Y frente a ese vértigo del progreso avanzando en mitad de las sociedades como ariete o carro de combate, la tarde detenida nos deja todavía esa composición entrañablemente unida, el fraternal cuadro de nuestros cimborrios y torres, con la aguja gótica, la cigüeña y la veleta apuntando con su saeta al naciente de los vientos y consultada a diario por la blanca zancuda sobre la dirección de su regreso al Sur. Ancestral composición, y perdurable también siempre que un triste operario no precipite su nido al patio de luces, preconizando la caída futura de nuestro bienestar asentada sobre pilares endebles, uno de ellos el de la naturaleza.