Hay ruinas venerables y evocadoras que inspiran el mismo respeto que la madurez o vejez humanas bien llevadas. En algunas, la hiedra o la higuera, que son las canas de la vejez de los monumentos, dan a esa longevidad una elegancia seria que es necesario detenerse a mirar y admirar. La dignidad reposada con la que cuentan los años, las décadas y los siglos es la que puede hacer eternas estas ruinas.
Hay ruinas, en cambio que son un exhibicionismo harapiento e innecesario que tan solo puede invitarnos a pensar en oropeles antañones. Ruinas que sonrojan en vergüenza ajena al forastero y apenas afectan al oriundo en la costumbre repetida de su visión. Ruinas exentas de belleza, pues nunca la pretendieron, a las que el tiempo añadió capas de desolación mientras quitaba cubiertas, desplomaba paredes y cegaba vanos.
Este caimiento, decaimiento y decadencia es el que se muestra en Béjar sin que se haya asimilado aun el fin del uso de los ahora pretendidos monumentos fabriles, y es que una ruina consolida su condición de turística cuando esto sucede. Nadie añora, por ejemplo, la actividad de un convento desamortizado ni la de un castillo medieval, por eso llevan su etiqueta turística sin trauma y con éxito; en cambio la fábrica es para Béjar un espacio de actividad reciente y en algunos casos perdurada, en la que a la gran mayoría de la ciudad puede más la nostalgia de su funcionamiento que la admiración estática de sus méritos arquitectónicos. Demasiado pronto queremos hacer del taller monumento.
Esta indecisión añorante nos tiene ocupados mientras los años pasan y la política de promoción divulgativa de los edificios textiles no termina de consolidarse y es llevada a cabo casi sólo y sobre todo por iniciativas particulares y personales. En este intervalo las fábricas van goteando sus pérdidas inmuebles y el tiempo se encarga de saquear y depredar las ancianas construcciones. Pronto será el río Cuerpo de Hombre el único obrero activo de este proceso lanar, moviendo ruedas de cárcava para nadie, saltando obstruidas pesqueras y perdiéndose Picozos abajo para dejar lavadas antigüedades fabriles que ni el más extravagante anticuario demanda, rincones donde se detiene el agua y el tiempo, y se arruina la propia ruina.
Un paso más en el desmantelamiento de este escenario se produjo recientemente en la alevosía de la noche y con la celeridad que la remordida conciencia exigía. Una nueva chimenea fabril dejó de existir. El miedo a los guardianes del Patrimonio recomienda la "noche escura y en celada" como el más conveniente momento para echar las chimeneas abajo, acelerando con la piqueta el proceso lento que ya inauguró el tiempo desde que esta espadaña ladrillar dejo de tener uso. Se sabe que en las noches de invierno nadie vela y hasta el sentido común duerme, y de sus madrugadas siempre se espera la sorpresa de una nevada inesperada, de una esquela concurrida o de otra chimenea desaparecida. Convertida en el propio humo que condujo, difuminada en el mismo cielo que perfiló, demolida para duelo de sus réplicas por las manos herederas de quienes la erigieron en un gesto lejanamente castrador que deja al imperio de las fábricas mocho y desvirilizado. Y a Béjar más desnuda aun ante el reto globalizador de atraer la atención del visitante aunque sea a través de chimeneas.