Vienen a coincidir en mí, y en el mismo tiempo, la lectura de Don Miguel de Unamuno y la escucha de las afirmaciones del secretario de la Agrupación Socialista bejarana Don Ramón Hernández Garrido. Afirmaba el antigua Rector de la Universidad de Salamanca en su ensayo "En torno al casticismo" que "hoy por hoy es descabellado el empeño de discernir en un pueblo o en una cultura lo nativo de lo adventicio" después de elaborar un mensaje histórico de lo castizo castellano en el que uno de sus mayores vicios, decía ser, la falta de permeabilidad a los activos humanos y costumbristas que venían de fuera.
Afirma el señor Hernández Garrido que el actual alcalde de Béjar no puede sentir lo bejarano con la misma intensidad que alguien nacido aquí (que él, por ejemplo) y que ese es el origen de sus errores o de sus desaciertos. ¿Se refería con ello también a sus propios compañeros de partido no nacidos en Béjar? ¿Al anterior alcalde, zamorano de nacimiento?
Esta claro que aunque el "hoy por hoy" al que se refería Unamuno fuera el final del siglo XIX el conflicto entre lo nativo y lo foráneo es por completo moderno, seguramente para desesperación del viejo rector si conociera nuestra actualidad local.
Su lectura acaba estando siempre de actualidad, o será, tal vez que Castilla siempre es antigua. Intentar desacreditar la sinceridad del amor (o del desamor, por qué no) por una localidad en función de la natalidad o no del individuo en ese sitio es, en primer lugar, tratándose de Béjar, una peligrosa temeridad que puede dejar desheredados a las futuras e inmediatas generaciones, pues nacer en Béjar hoy es literalmente imposible. Las personas amarán o no a sus lugares de residencia no por motivos natalicios (o al menos no sólo) sino sobre todo por toda una serie de circunstancias vitales, de contextos y causas, controlables unas y misteriosas otras.
El prejuicio por "el de fuera" o por el que "no es de aquí", el cierto recelo que puede llevar a una crítica tan sorprendente como la que el socialista bejarano verbalizó en un medio de comunicación, tiene tres vertientes de estudio: en primer lugar forma parte de una raigambre castellana, de un casticismo (no dejo de parafrasear a Unamuno) o de una conservación de casta que empieza por poner en cuestión las actuaciones de "los de fuera", independientemente de su éxito o fracaso, frente a los, a menudo, inmovilismos de "los de dentro".
En aquella Salamanca aun decimonónica, cerrada y endogámica, donde escribía Unamuno, éste sufriría en más de una circunstancia la incomprensión de los charros de pro en función de su condición de bilbaíno y se pondría en tela de juicio el apasionamiento por lo que él llamaba "mi Salamanca". Pasado el tiempo y desdoblado el mapa del prejuicio, Arzallus menospreció y se interrogó por el por qué de traer a una diócesis vasca a un obispo castellano: "a un tal Blázquez". Es indudable que no cabe comparación entre el Sr. Riñones y el filósofo del 98, pero como ciudadanos políticos su obra y su labor pueden se criticadas y censuradas desde cualquier punto de vista menos desde el del lugar de origen como condicionante.
En segundo lugar y en la medida en que todo contexto de afirmaciones de políticos lleva siempre un tinte de electoralismo (lo cual por supuesto es lícito) lo dicho por el señor Hernández no es gratuito aunque si pudo ser una traición de su subconsciente (bejarano por supuesto). Me explico: no es sólo el jefe de la oposición local el que puede sentir, hasta el punto de decirlo, una duda por la autenticidad política o de labor por Béjar de un ciudadano no nacido aquí. Es más, tal afirmación es más propia de los ámbitos más conservadores de la ciudad y de los medios de comunicación más, digamos, de derechas. Voy más allá: semejanzas a lo dicho por Hernández las he escuchado siempre en boca de ciudadanos y políticos locales de toda índole y definición; que uno de ellos se haya atrevido a decirlo por la radio no iba a escandalizar a nadie o a casi nadie, cosa que sí hubiera sucedido, en cambio, en sociedades más modernas, y sobre todo en auténticas ciudades y no pueblos. En conclusión cuando tales cosas se dicen se busca la afinidad o la empatía con un sector de la población que comulga con ellas. Nadie en Béjar se va a encontrar sólo, desgraciadamente, al formular semejante creencia.
Por último tal casticismo bejarano ha encontrado, paradójicamente, o quizás precisamente por ello, acomodo en un lugar cuyo desarrollo y formación han tenido a la inmigración como elemento clave. Sostener el argumento del nacer en Béjar como premisa para una labor auténtica y sincera por la localidad es no conocer, o al menos no interpretar correctamente
nuestra historia. Implica suponer que todos los nacidos aquí (el lugar de nacimiento es un hecho casual, lo trascendente empieza a partir de él) profesan un amor intenso por Béjar y el trabajo desarrollado por todos ellos es impagable. Me permito no creerlo. Y sobre todo supone dudar, con un argumento insostenible del ejercicio en muchos ámbitos de tantos bejaranos no nacidos aquí. Dudar por ejemplo de Luis Izard, de José Mussons, de Gil Laso, de Higinio Labrador, de Martín Cela (Pangüi), de Paco Bueno, de José Antonio Paso, de Marino Amaya, de Ceferino Garci-Mar, de Juan Requena Peña, de José Mª Montagut, de José Luis Majada Neila, de Antonio Avilés, de Gabriel Cusac, de Marín García, de Antonio Varas y de tantos otros. Cuestionar su labor por no haber vista la luz, como diría este último, "en estas tierra de Béjar duras, difíciles y de castigado paisanaje".