Es en verano cuando alcanza su verdadera dimensión la arquitectura bejarana que no es precisamente la que los nuevos constructores elaboran y perpetran sobre el plano y la calle, sino la que desde finales del siglo XIX y principios del XX fue configurando una trama urbana que no dejó indiferente a ninguna sensibilidad observadora y que citó en nuestra ciudad a arquitectos del prestigio de Benito Guitar.
La arquitectura neoclásica con antojos modernistas que los aparejadores de la burguesía diseñaron para Béjar es el elemento que ciertamente nos distingue frente al enfoque plateresco y religioso de Salamanca y a la arquitectura rural de los vecinos pueblos. Por lo tanto merece tanto celo en su conservación íntegra como la que ya nos ocupa en los edificios fabriles, pues al fin y al cabo estos últimos propiciaron la creación de la primera; pero no hay conservación que valga la pena si no da lugar a la admiración y al estudio posteriores.
Estos caserones cerrados en sombra por el norte y abiertos en galería y pórtico al sur del paisaje, debieron ser ideados como solución a los rigurosos fríos de la ciudad planteando grandes solanas y miradores donde invernar templadamente. Al menos eso es lo que nos dice el prosaísmo del arquitecto, que es fácil pensar que se priorizara el paisaje a la temperatura y la causa psicológica y verdadera de estas casas tuviera su origen en un duque asomado al alfeizar del palacio entendiendo que no había mas bello modo de ocupar el asueto permanente que mirar por encima del hombro a los Navarejos.
Pero los duques pasan y los castaños quedan.
Así lo debió pensar Pascual Madoz cuando visitó el palacio ya arruinado, precedente de la arquitectura que nos ocupa, y no pudo dejar de enfocar esas perspectivas. Y así lo sigue escribiendo el poeta José Manuel Regalado que aun no ha olvidado el día que, estrenándose como bejarano, le llevaron a una caserón de la Calle Mayor y creyó, recorriendo la lóbrega entrada y el siniestro pasillo que le sucedía, que lo conducían a una bodega o un sótano y de repente -así lo cuenta- se abrió el milagro de la luz y el paisaje inesperado que esconden estas casas enmarcado en arcos y celosías.
Esa es la particularidad de esta arquitectura, que nos ha dejado a todos -burgueses o no- esa querencia vecinal a cerrar en galerías todo vano y todo balcón como si quisiéramos ver sin ser vistos. Mientras que en su versión auténtica, la de la Calle Mayor, la clase industrial apretó sus hogares y sus manzanas para salir en la foto exclusiva de esta fachada solana de la ciudad. La configuración de estas casas es metáfora de sus inquilinos: siempre de espaldas a la calle, al paseo social y el discurrir popular, y siempre de cara al lugar erguido de las galerías y los bosques.
El hombre ha edificado a su medida y a la sus ambiciones. Su sucedáneo de palacios es más hogar de ambiciones que de individuos, y como todo despliegue de medios arquitectónico, se ha hecho acreedor de nuestro respeto conservacionista.