No solemos homenajear a las calles de más servidumbre, de más bullicio comercial y financiero, pues nos han hecho creer que las odas de los poetas y las perspectivas de los pintores han de ser sólo para las viejas rúas, para la estrechez y la antigüedad; pero cuando se desuella una vía concurrida, el día a día se rompe en tantos pedazos como el firme de la Colón, pues el hombre de hoy es ser al que no se le debe tocar el Marca, el bar de la esquina y una calle como una alfombra siempre a la espera. No es esta calle de la que escribimos ni digna de paseo contemplativo ni entra en las propuestas guiadas para los visitantes, porque los monumentos son historia pasada, perdida y mal sabida, y la calle Colón está fraguando su historia ahora, la única posible en tiempos de competencia: el comercio.
El siglo pasado fue, en términos urbanos, un trasvase de población y de negocio entre la calle Mayor y la Colón, los dos mundos posibles en una ciudad de encogimiento, y cuando alguien decidió innovar su vivienda y bajar a la Solana fue, por esa imitación irreflexiva que manda en las familias medias, que todos lo siguieron Balconcillo de la Médica abajo rumbo a una emigración menor, la que en Béjar busca siempre penetrar en el monte o tenerlo de patio de luces. Aquel trasvase fue reniego de la belleza antigua que en la nueva calle tornábase en desarrollismo "años 80", algo parecido al ensanche retrasado o nunca posible en la ciudad, el que había soñado Ramón Olleros antes de ascender al cielo ajeno de Portugal.
Así se construyó nuestra calle, primero de caprichos y luego de necesidades, entre las que no estaba la de tener tres nombres como su precedente, que "Colón" es denominación simple, redonda y sin retóricas. Y fue andada y recorrida con un perenne color grana de falda de "Las Huérfanas" que es lo único que permanece mientras los edificios cambian, varían los establecimientos y los asfaltos se levantan. Y la andamos hoy sin percatarnos de su necesidad hasta que una taladradora la abre en canal y distorsiona su flujo humano y automóvil. Y la calle Colón se abrió, y debajo de los adoquines no estaba el mar como pretendían en el 68, que no hay nada como destapar las calles y las utopías para comprobar su imposibilidad.
Lo que había era una ciudad interior que prefiguraban las viejas alcantarillas de Izard, ese mundo geológico que no somos conscientes que pisamos y siempre espera debajo del vestido del asfalto. Una réplica cilíndrica por donde van sin sentirse las venas de la ciudad, que no son sangre sino agua, gas natural y palabras que lleva el teléfono. La calle Colón se ha descarnado en esta interminable cirugía que el municipio se ejerce a sí mismo, para reconocer la salubridad de sus interioridades y para injertarse después piel nueva: asfalto, adoquín o piedra de Sorihuela.
De cada una de las tiendas asoma una incertidumbre hecha rostro mientras la calle lleva su atuendo de trinchera de entreguerras. Y el fin de las obras, como el fin de cualquier guerra, es un deseo general. Los usuarios de esta calle quieren comerse el turrón con la calle nueva y estrenada: es decir la de siempre.