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Los Calderillos no son para el verano

Día del Calderillo bejarano
Día del Calderillo. (Archivo)
Oscar Rivadeneyra

La aurora de Béjar tiene en verano cuatro columnas de humo acechante, como de cieno las tenía la del Nueva York que veía Lorca e, igual que aquella, un huracán de negras palomas. El visitante puede encontrarnos en esta época, como a cualquier pueblo castellano, cercado por ese columnario que no sostiene el palio del cielo sino que lo desploma.

Uno de esos pilares nació las pasadas jornadas de la Cerrallana, su reciente llamear viene a corroborar que desde hace bastantes años el fuego se ceba en el secarral del norte, la trastienda maldita de nuestro paisaje, hacia el que no mira ninguna galería ni ninguna ventana adornada, por lo que  para observar su espectáculo estival hemos tenido que regresar al lado marginal de los hogares que es el que se orienta a aquel punto cardinal.

La recalificación de los terrenos consumidos hipoteca aun más esa ladera del septentrión en la que ya habíamos comenzado a soñar con fábricas, complejos, cementerios y piscinas donde sólo prosperaron viñas de aloque y a duras penas el hoyo chamuscado de nuestros golfistas.

El verano llega a estas latitudes montado en helicóptero o hidroavión y cruza nuestros montes en carros de fuego, en alegoría de llamas más que en auténticos incendios para poner en alerta desde al cuerpo bronceado de las piscinas hasta el relajado de las terrazas. Pero nadie abandona el baño ni el tinto de verano, nadie regresa del Canalizo ni huye de la Venta del Bufón porque la tradición siempre está por encima de las llamas y por encima de los riesgos.

El ocio gastronómico pretende, en este estado de cosas, soslayar los peligros y buscar bula para la nueva edición del día del Calderillo hecho al fuego lento de la barbacoa que de canción del verano ha pasado a convertirse en maldición del mismo.

En realidad ni las bicicletas ni los calderillos son para el verano, por lo menos en este sur de casi todo en el que vivimos, pues los ciclistas pueden convocar al hombre del mazo y a la pájara solar, y una chispa de nuestro guiso más famoso prender la mecha del vergel que necesita poco viento de fuelle para convertirse en tea y en antorcha de la provincia.

Los primeros tejedores que patentaron la receta no pensaron, al idearla, en el suplicio de julio y agosto sino en el frío eclesial de los obradores por eso uno hubiera deseado en estos días un gazpacho peculiar como plato típico en vez del peso gástrico y suculento de las patatas con carne, que son más arma para atravesar indemne el invierno que para conseguir record Guiness del papeo.

Queda la opción de adaptarlo al otro extremo de nuestro clima continental, recolocar la celebración campestre del comer en alguna de las treguas o los claros que el otoño deja, que es estación mucho más bella y demandante de fiesta.