Los grandes hombres (y al que nos referiremos en este artículo creo que lo es) son siempre figuras difícilmente valorables en el momento en que desarrollan el grueso de su tarea, haciéndose más justo no perder del todo la paciencia y dejar para el futuro juicios más certeros. Considerándome prejuzgador de antemano e impaciente también, me permito escribir sobre el bejarano más notable del momento (con el permiso de Roberto Heras) pues al fin y al cabo es lo que hacen a diario todos los articulistas que llenan las hojas digitales e impresas de la opinión; y lo vertiginoso de la política del socialista así lo requiere.
Jesús Caldera está teniendo a bien frecuentar su ciudad natal con planes y proyectos nuevos cada fin de semana. Mientras los demás dejamos para el sábado y domingo planes más frívolos, el ministro viene a Béjar con una cartera llena de ideas que empezó hace año y medio con la iniciativa de Premysa y concluye, por el momento, con la ampliación de la Residencia Buen Pastor. Caldera está logrando con las realidades que van fraguado de su mano, un consenso de agradecimientos y elogios en la siempre crítica ciudad que nos parió y de la que sólo quedan descolgadas las mentes más tendenciosas. Entre medias colearon o colean otras menos afortunadas iniciativas (errores técnicos que se diría) como la de Las Edades del Hombre o el parador de El Bosque que se niegan a sí mismas desde que se conciben.
Loable es esta actitud tan marcadamente localista, en alguien para quien cuyo ámbito político está muy por encima de la gestión municipal y que, creo, no tiene parangón en ningún otro miembro del gobierno nacional, más olvidados, la mayoría de ellos, de sus correspondientes patrias chicas.
Sorprende este arriesgado ejercicio político a propios y extraños, siendo los extraños los primeros en criticar la querencia del ministro bejarano por su tierra y los beneficios a los que nos estamos acogiendo gracias a su diligencia.
Personalmente me interesan menos las acciones a nivel local que van concibiéndose en su mente y haciéndose tangibles casi de inmediato, como la labor nacional y auténticamente ministerial que desarrolla. Aparte del éxito en materia de empleo que se va consolidando con las estadísticas mensuales, Caldera ha sido el ideólogo de una de las renovaciones legislativas más urgentes en el país, y que por sí sola hace distinguible su labor ministerial. Me refiero a la nueva ley de extranjería e inmigración que resuelve el caos que el Partido Popular había producido y que se basaba en el blindaje de España, la nación más históricamente abierta de Europa.
Caldera y los socialistas han entendido esta realidad, que es privilegiada, y la nueva ley se alinea junto a los que piensan (pensamos) que la inmigración es una necesidad nacional que, lejos de censurarse, hay que fomentar regladamente (las grandes potencias han nacido de la permeabilidad ante las inmigraciones: España o Castilla tras la Edad Media o Estados Unidos tras forjarse en unión de tantas procedencias).
La estrella del ministro de trabajo no luce tanto mediáticamente, a pesar de sus éxitos, porque está prefiriendo la fotografía de sus logros locales a la de los nacionales. No debería, a mi juicio, disminuirse en exceso en controversias de índole tan reducido como las ocupan en Béjar, pues cada vez que Caldera entra en el ruedo bejarano corre el riesgo de contaminarse de la vulgaridad política y de que le rodeen aduladores y esquejes que medran a su sombra. Su trabajo a nivel gubernamental es tan sólido y sus propuestas tan prometedoras que a veces parece disminuido por su dedicación y tirón local pues cada vez va siendo más difícil universalizar los méritos desde un pueblo.
Posiblemente nuestro protagonista no hubiese sido un buen alcalde, aunque de alcalde paralelo viene ejerciendo últimamente; hay hombres y políticos que están hechos para gobernar entidades más ambiciosas: su localismo no le está permitiendo todos los reconocimientos a nivel nacional de los que día a día se va haciendo acreedor.