La izquierda local oposita al poder desde las catacumbas de los cafés propicios, en donde construye su particular élite y sus sueños sectarios. El café ha sido siempre la Viagra del conspirador, el amargo aroma que le ha mantenido irritable ante los desafueros trasparentes del poder, el que le ha evitado la tentación de sueño y modorra frente a la injusticia.
Los bejaranos izquierdosos, desmontados del poder hace años, montan su "petit revoluçión" entre las cuatro paredes de los bares que les van quedando y construyen encima de sus barras una composición reiterativa de tabaco caro, cabecera de El Adelanto y café en taza, ligando sus humos camino del techo. Algo así como un bodegón cubista de la Transición donde, en ocasiones, asoma escrita en su bocas una palabra certera y pretenciosa.
El socialismo bien merece un café a la izquierda para disimular el cero a la siniestra del que, a veces, se hace acreedor. Demanda dosis cafeínas para excitar su inmovilismo de sobremesas desde las que despluma al país y al vecindario haciendo o perpetrando trajes de los remiendos gastados del gobernante.
El socialismo bejarano se refugia en garitos sediciosos donde los parroquianos desvían sus rostros hacia la puerta cada vez que ésta se abre, confiados en que esté entrando un intelectual o la escolta de Jesús Caldera por aquello de sentirse trascendentes cuando le vigilan a uno. El que ahora la izquierda se esté haciendo fuerte colocando sus posaderas en los taburetes y acodándose en las barras, el que abreve estática en el paisaje inmueble de los cafés es debido a que ha sido desalojada de la calle -su natural ambiente- a golpe de bandera rojigualda, meneo de chica pija y vocinglería episcopal.
La izquierda local se refugia en caldos y noches, en espirituosos líquidos a la espera de que las aceras y el asfalto callejeros regresen a sus manos. Y debiera valerles el ejemplo nacional: el de sus hermanos mayores gobernando al país, para no caer más en esa intromisión que caracteriza luego al poder. Pues cuando se llega a él se abandonan los cafés, se olvida su precio y su sabor a contubernio porque gobernar en sí ya es suficiente estimulante. Entonces se dan a las tilas, al té de las cinco menos diez, a las soledades insolidarias que todos los presidentes de gobierno han frecuentado. Prefieren las sombras de la autocracia, que es cobijo de buen árbol, a las luces menos trascendentes de la oposición.
Y no regresan ya a los locales propicios donde otros mascarán en silencio, con hilo de música y piano viudo, el poso de la conspiración.
El socialismo no debe gobernar.
-como ciertas chicas no deberían crecer nunca-no debería dejar de digerir su frugal desayuno proletario con el café clavado de todos los días. Gobernar es envejecer, olvidar las siglas, echar a perder el corazón, asumir la madurez realista de una derecha que siempre acecha en nuestros pensamientos más sensatos.