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Blanco sobre Blanco Electoral

Oscar Rivadeneyra

Ni en el tradicional soporte de papel que convierte las paredes bejaranas en un collage de azares y desórdenes, ni a través de las nuevas tecnologías adscritas al electoralismo, ni de uno de otro modo los candidatos dan la talla. Los políticos viajan hoy en un pen-drive o en autobús; sus frases por el limbo poético de internet o por el papel sonante de la prensa.

Aquí nos muestran su faz detrás de la vitrina de los escaparates de la calle Mayor, reviviéndolos tras las pesarosas jubilaciones del comercio, sustituyendo la vieja lencería, la salchicha o el pastel por la cara de los candidatos exhibiéndose como mercadería burda o como baratija de uso y deshecho. La campaña electoral es una proliferación y derroche papelero que haría temblar a los bosques si tuvieran éstos capacidades trémulas, y una muestra obscena de rostros que haría abochornarse a los ojos si tuvieran todos capacidades estéticas.

El hombre político ha perdido del todo sus vergüenzas y su pánico al ridículo, y posa todo lo estúpidamente que puede en la conciencia de que la sombra de la estupidez es alargada y cubre a todos sus electores.

Del escritor sereno y de su proverbial respeto por el papel en blanco debiera tomar referencia nuestra colección de candidatos antes de "manchar" las sagradas paredes municipales con su cara, antes de escribir pareados mal traídos sobre el cuaderno de las calles. Sus rostros ofenden toda intención atractiva de los conjuntos históricos sobre cuyos muros cuelgan sus sonrisas de estudio y sus guiños de tahúr. Los colores complementarios que los diseñadores de campañas electorales escogen se adueñan de Béjar como otra floresta efímera de la primavera que se hiciera acreedora, igual que la natural, de toda suerte de insectos. Es la vieja división del rojo socialista y el azul de la derecha: jugando con el blanco (del vacío de ideas) el primero, y con ese naranja indefinido el segundo, que no parece tendencia al centro sino anuencia de todos los conservadurismos.

En este paraje de colores duales y de dobles Españas el error es adscribirse a una de ellas, hipotecando la independencia de opiniones, la libertad, en definitiva, de desdecirse o descreerse en cualquier tarde de crisis y dar la vuelta a todos los convencimientos del pensamiento político.

Nostalgia pues de la Transición española, nostalgia de los años setenta, de los pañales que gastaba en ellos mi generación y de los de toda una España novata y amateur de democracia. Nostalgia de la capacidad convergente de un país; añoranza de la ilusión por el voto cuando éramos jóvenes (algunos jóvenes del todo) ".mientras la mar dormía ahíta de naufragios".

Quizá la madurez sea esto: o adscribirse servilmente a una de las dualidades en que ha acabado, de nuevo, convertida la nación, siendo las ideologías mucho más poliédricas y ricas; o tomar el camino del voto en blanco, es decir el del nihilismo de Malevich (el pintor que no pintaba).

Blanco para blanquear las paredes sucias de políticos; blanco para empezar de nuevo la novela de la democracia; blanco como mezcla cromática de todos los arco iris que nos abandonaron. Blanco para tenerlo todo por delante.

Blanco sobre blanco.