Entre las amistades que procuro cultivar, peligrosas unas y benefactoras otras, no ha quedado exento el gremio de los biólogos con quienes uno termina tropezando a poco que se frecuenten las salidas al campo. Curioso lugar este del campo a donde hemos terminado por salir y no por estar, por mucho que la palabra que más lo relaciona últimamente, ecología, nos insista con su raíz griega "oikos": casa, que se trata de nuestra auténtica vivienda.
A pesar de su hogareño significado, en esta casa compartida a la que se refiere no ponemos mayor pasión y defensa, tal vez porque no es el resultado de ninguna hipoteca ni de ningún esfuerza económico; a este hábitat regalado le miramos demasiado el diente y terminamos por considerarlo como una más de las incomodidades con las que debe bregar el mundo actual.
Prestos a seguir desentrañando significados originarios de las palabras alusivas a la defensa de la naturaleza interrogué a uno de los recién licenciados en Biología, a quien sabía libre de cualquier tentación radical (como ni todos los abogados son pijos ni todos los artistas sufren locura, tampoco todos los biólogos son ecologistas por más que el estereotipo nos los represente con la mayor de las informalidades y la más larga de las melenas), sobre la palabra biodiversidad
A menudo relacionamos estos términos científicos popularizados, con notables especies animales o vegetales que pueden inclinarnos al cariño, al respeto e incluso al temor: el lince, el lobo, el oso, un bosque de hayas en otoño.Pero la biodiversidad, me corrigió, no habla de espectacularidades, habla de heterogeneidad y frecuencia de las especies (sean cuales sean con tal de que se muestren numerosas) y de los ecosistemas, otra palabra por definir, que parece hacer alusión a esa red vital de relaciones entre lo vivo y lo inerte que sostiene al planeta azul y a la que, mal que nos pese, pertenecemos.
El sur de la provincia de Salamanca y el norte de la de Cáceres goza de esa extraña diversidad entrañada en sus montañas y sus valles, desde el más minúsculo de su habitantes (plantas enanas de las cumbres de la Sierra de Béjar) hasta el más espectacular de sus árboles (alcornoques de Las Batuecas), desde el más vulgar piorno hasta la rareza del haya herguijuelense, desde la fauna común y manifiesta hasta el lince, quien lo viere. Y esta característica se evidencia en una consiguiente variedad de paisajes igual de perceptible a ojo de labriego que desde la magia visual del Google Earth.
Tal característica del sur de la provincia, envidiada por el norte metropolitano y dehesal, es la que ha propiciado que diferentes asociaciones anexas al viejo ASAM estén nominando a nuestra comarca para figurar en un futuro, que deseamos inminente, como Reserva de la Biosfera. Algo así como la versión natural de lo que en materia de cultura significa ser Patrimonio de la Humanidad, la catalogación que luce y a gala lleva la ciudad de Salamanca.
Ser Reserva de la Biosfera supondría pues para nuestra comarca optar a equilibrar definitivamente a la provincia y a su pomposidad charra con nuestras montañas luciendo en sus laderas la meritoria denominación de origen. Equiparación que sacaría los colores a los burócratas del Medio Ambiente si la declaración antecediera a la de Parque Natural de Candelario (catorce años pensándoselo) demostrándoles que el interés acelera las tramitaciones mientras los intereses creados parecen frenarlas.
Y entre la diversidad a la que aludíamos, bella y estética, también está la de pareceres y la de opiniones que en temas de conservación de la naturaleza son distintos y cada vez más radicalmente enfrentados. Sano ecosistema este que propicia y genera con tanto esmero a las afirmaciones como a sus discrepancias.