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Aquellos Baloncestísticos Años

Oscar Rivadeneyra

Podría recitar de memoria la alineación que nos desveló el sueño una noche de final olímpica y baloncesto, mediando los ochenta, con Los Angeles de Ronald Reagan como testigo; evocar la memoria selectiva y jerárquica de la adolescencia, que nos dejaba la mente en blanco en los trascendentales minutos de los exámenes finales, pero nos marcaba a fuego el nombre de los héroes deportivos con las secuencias de sus éxitos. Reconocer su eficacia en el recuerdo de lo remoto y su fracaso en el pasado inmediato.

No podría recitar ni reconocer a más de dos o tres jugadores de la actual selección de baloncesto, y si estos días forzara los resortes de la memoria, aprovechando la mediática y merecida presencia de los campeones del mundo, de nada serviría, y la mayoría de sus nombres y caras pasarían al archivo blanco del olvido. Puedo recordar con nitidez la mañana posterior a aquella plata olímpica, en la que todos amanecimos lanzando balones al cielo, para embocarlos en el aro preciso o en la canasta equivocada, en el regazo de la luna o en el sol febril del verano del 84. Y después, como una prórroga eternizada de una final, cruzamos todos los patios y todos los cursos con la compañía esférica y anaranjada de aquel balón que se nos había pegado a la cintura, tras años escurriéndosenos de las manos sudorosas.

La adolescencia llenó nuestro currículum de faltas personal, de peyas y de ausencias; fue un discurrir divididos entre dos maneras de golpear a la redonda pelota del mundo que se nos venía encima:

O despedirla con patadón certero en dirección a la nada de la portería, como hacíamos con cualquier objeto posado en la acera de Padre Roca o de Rodríguez Vidal; o adquirir pose o desgarbo de pívot para, afinando fuerza y forzando puntería, trazar en el aire la elegante parábola americana de la NBA y encestar en las más inverosímiles canastas callejeras. Temblaban a nuestro paso las señales de tráfico y los aros de los tiestos en los balcones -¡quién hubiera sido Vitor, el gigante de La Calzada, para colgarse de ellos con sólo elevar la desproporcionada mano!, magnífico pívot se perdió-, pero Natura no nos dotó de aéreas alturas ni de manos tontas. Esa generación alimentaba pequeñeces y fue creciendo, como pudo, a golpe de saltos y acrobacias en la desengañada intención émula de Romay, Martín, Epi o Sibilio, al son señalado por los Hombres G, Dire Strais, o el desengaño; con más vocación, para qué negarlo, por los mates que por las "mates". Asistimos en unos y otras a las oportunidades añadidas en forma de reválidas, selectividades y exámenes de suficiencia colmando las ansias de revancha.

Nos gustaba el baloncesto porque tenía ese punto americano y circense, el acento de boca retorcida con el que pronunciábamos "bascket", o la palma abierta que chocábamos en viril saludo; aunque ya odiábamos a escondidas a los jankees, en Torrejón, con OTAN no, Bases Fuera.

Nos gustaba el baloncesto porque tenía preámbulos de animadoras con pompón y minifalda plisada, y tiempos muertos en que el universo de la cancha se replegaba en una pizarra de tácticas, porque aprendimos con él, que cinco minutos son una eternidad que da para cambiar la vida, si nos lo proponíamos, o morir de infarto en el último segundo de partido.

Le corresponde a la generación actual de imberbes infantes retomar la pasión callejera por el baloncesto, que abandonamos nosotros en la estacada de la madurez, rescatando el balón botante donde quiera que lo dejáramos con descanso de planeta castigado. Le corresponde  a esta generación combatir con sus pasiones auténticas el impulso mediático, y de obligado consumo, del fútbol (que reaccionará, a buen seguro, a esta afrenta exitosa del baloncesto nacional). Veintitantos años después volver a cortar un retazo de red de portería para colgarlo en flecos del aro. Dejar las subterráneas necesidades del balompié por los aéreos alardes del baloncesto, las patadas por las palmadas, los cabezazos por la estrategia; ahora que ya vamos siendo más altos y más certeros, daremos (darán) buena cuenta y uso de las canchas que, demandadas por la inercia del éxito de la Selección, van a proliferar por todos los barrios.

A los treintañeros, nos devuelve este éxito en apoteosis, a una época que atravesamos en chándal azul y camiseta sudadera, simulando lesiones que no tuvimos con rodilleras, gafas a lo Abdul Jabbar; enganchados al remotísimo tablero, a la canasta amortiguada ante los "machaques" de los mayores.

Sentados, hoy, en nuestra oficina o en el presidio del aula, cada vez que hacemos bola con el papel, cada vez  que guiñamos el ojo, apuntamos y lanzamos a la "lejana" canasta de la papelera (tres puntos), nos acordamos de esa lista de héroes olímpicos: Margall, Epi, Corbalán.