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El Arte de la Dimisión

Oscar Rivadeneyra

La Casa Consistorial se ha ido convirtiendo en estos meses inauguradores del año en casa dimisionaria o dimitente de las penitencias llevadas y por llevar; el gobierno en desgobierno trasformado y el concejo en desconsenso. Del "aquí no dimite nadie" con el que sobrevivimos a muchos años de democracia pretérita e imperfecta, hemos ido llegando a este actual fervor dimisorial que parece anteceder o ser la punta del iceberg de la aún más deseable "dimisión colectiva": una pluralización del desencanto mandatario que tendría sus raíces en el Max Estrella de Luces de Bohemia cuando buscaba adeptos al suicidio colectivo.

La derecha suele dimitir como un reniegue de su condición, y la izquierda cuando lo hace es por sentir traicionados sus principios. Pero este dualismo caduco no ha existido en la treintañera democracia bejarana donde sus políticos, mayormente amateurs, suelen apelar a motivos menos ideológicos cuando deciden dejar sus sillas plenarias.

Los gobiernos municipales son flor de un día o como mucho de cuatro años, y cuando el vino y las rosas va dejando paso a sus resacas y espinas, las mentes más críticas y las más privilegiadas se lanzan al mar desposeído que rodea la isla del poder. Eso ha sucedido con Raúl Hernández y con Juan José Pérez Bullón que han ejercido la eficacia callada en su labor municipal ya concluida, y elegido para su final dos modalidades de un mismo irse. Su decisión ha dejado diezmado a un grupo político que saborea las amargas mieles de su poder esquinado, si es que en el intervalo entre la redacción de esta columna y su publicación no se ha añadido alguien más a la moda del abandono.

La dimisión de Raúl fue subrepticia hasta el punto de no llamarse del todo dimisión: una manera de irse quedándose o de permanecer yéndose, de la que sólo creo capaz al referido concejal, adicto a la transparencia y la integridad, y al equilibrio entre la disparidad de ideas en estos tiempos de dogmas de pensamiento y de direcciones únicas. Con el horizonte de una Covatilla desatada, la decisión de Raúl, como cualquier dimisión en la vida, esconde razones que sólo el interesado conoce y consecuencias que todos empezamos a conocer.

La perversión del partidismo y la esclavitud de la disciplina que conlleva, hacen antinatural permanecer dentro de estos organigramas de la política demasiado tiempo y lógicas las excisiones y las deserciones.  Raúl ha hecho uso de esa libertad tantas veces sentenciada y de la que algún sabio dijo que sólo era verdadera "si te permite no presentarte a una cena sin dar explicaciones".

En el abandono de Pérez Bullón, más clásico que Raúl en su modo de renunciar, está la dimisión discreta y elegante de este hombre que por anti-mediático ha podido ofrecer una imagen seria y grave a los espectadores de la política local, y que negamos todos los que le conocemos fuera del Salón de Plenos. La integridad y la discreción, que no por casualidad define a los dos cargos dimitidos, cada vez tienen menos cabida en el partido gobernador, en grave riesgo de "berlusconizarse".

La proliferación de dimisiones lejos de desvelar cánceres rebelan crisis en el mejor sentido de la palabra: las que sólo pueden conducir a nuestros partidos a renovar sus viejas guardias y sobre todo sus viejas políticas.