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Almodovariana vida de Alcalde

Oscar Rivadeneyra

Una ola interna y migratoria mandó, en la post guerra española, efectivos extremeños, manchegos y andaluces hacia el centro y el norte peninsulares, en inverso recorrido repoblador al que llevaron los reinos de la vieja Reconquista. En "aquellos trenes que iban hacia el norte" que cantara Sabina, viajaban en los años sesenta y en vagón de tercera nuestros posteriores talentos y actuales poderes, desembarcando con su "torpe aliño indumentario" y su acento sureño en estos poblachones de Castilla. "Hacer las américas" fue para ellos, a falta de más largas distancias y pretensiones, "hacer los madriles" o "hacer las salamancas", donde pronto se confundieron con el vecindario, adoptaron sus mismos dejes e incubaron sus mismos defectos. El tiempo les permitiría a muchos convertirse en santo y seña de sus lugares de adopción -a fuerza de tozudez unos y de lucidez otros- dando distintas caras al éxito, pero un mismo origen que en el empeño reside.

A Madrid le toco Almodóvar y a Béjar Alejo Riñones.

La perversa diferencia que la comparación -odiosa por supuesto- propiciará en los lectores es la misma que la que puede haber entre la capital de España y nuestro pueblo. Cuando el cineasta manchego apareció por la Puerta de Alcalá con su hatillo cargado de recuerdos que serían futuros fotogramas, el posterior alcalde de Béjar aterrizaba en la Corredera con espíritu funcionarial pero conquistador. Con el deslumbramiento del sur aun en sus ojos, director y edil fueron igualmente funcionarios de Telefónica, cuando aun era empresa pública (.este comunista de Franco): Almodóvar en el colosal edificio de la Gran Vía madrileña sostenido frente a bombardeos y otras afrentas, y Riñones en este mamotreto ladrillero de la Plaza del Collado.

Decían nuestras abuelas que, en ciertas épocas, había que tener sumo cuidado con lo que por teléfono se decía, pues existía la sospecha de que las telefonistas escuchaban las conversaciones indiscretamente después de conectar la correcta clavija. Es de suponer que en la tentación de aquel vouyerismo auditivo caerían también nuestros protagonistas. Si la leyenda dice que en Pedro Almodóvar su paso efímero por Telefónica le puso más en contacto con la clase media española para después reflejarla en sus películas; seguramente el alcalde bejarano conoció de aquel modo a esa misma clase local con toda la profundidad que más tarde le permitiera obtener de ella el cetro del municipio. Mientras el primero jugaba con cámaras Super-8 y gastaba batas de guatiné el segundo jugaba a ser político siguiendo todas las edades del hombre público bejarano a través de ateneos y asociaciones de padres. Eran los primeros años ochenta  y, finiquitada la Transición, sólo había dos opciones: o desmelenarse cantando en el Rockola o fraguarse un futuro concejil y mandatario. Y como las dos cosas terminaron por ser incompatibles con esa burocracia de teléfonos, teclas y cables, la exención o la jubilación anticipada dio con nuestros paralelos protagonistas en la calle, que es donde los alcaldes ganan las elecciones y los cinéfilos los 
Óscar, donde se levantan zanjas o se graba a "Mujeres al borde de un ataque de nervios".

Puede que la administración perdiera con sus renuncias a dos notables funcionarios en beneficio de los egoísmos del arte y la política; lo que es indudable es que, manchego y extremeño terminaron por convertirse en paradigma de sus lugares de adopción, para representar ambos, como nadie, madrileñismo y bejaranismo. Al cineasta madrileñizado, que trajo la modernidad por estos páramos difíciles, se le acusó después de adocenarse al arrullo de los premios y las candilejas hollywoodienses, al político bejaranizado, que reinventó el conservadurismo populista en esta ciudad zurda de tradición y malencarada, se le está viendo agonizar de éxito; porque en esta paralela historia de emigración, poder, comedia y decadencia no hay espectador que tolere más horas de chicas-Almodóvar ni pueblo que eternice, cien años durando, a sus alcaldes.