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Ahora Ciudad Colombina

Oscar Rivadeneyra

Con artillería inocua de fuegos artificiales se cerraron los actos de "Béjar Ciudad Cervantina" que nos han hecho permanecer con un ojo en las entrañas del Quijote y con otro en el discurrir de la vida real, liberada de juicios literarios y de paralelismos novelescos. Al borde de la locura, engendradora del argumento, hemos quedado los espectadores de lo "cervantino" pues consumir actos culturales desaforadamente tiene equivalencias con la avidez en la lectura de libros de caballería y sus resultados. (Siempre me pareció llamativo que el libro insignia de los españoles, la referencia de la demandada costumbre del leer, fuese aquel precisamente en que se  alerta de las perniciosas consecuencias de la lectura).

Lo cierto es que en todos lados cuecen centralismos, también a la hora de acaparar las conmemoraciones, y no se ha dado a nuestro Año de Cervantes la trascendencia a nivel nacional que la intensidad de su programación había hecho digno, habiendo quedado desmerecido el cartel anual con una densidad no siempre correspondida por la del público y con actos mucho más relevantes que la difusión que pudieron llegar a tener.

Pero el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Vayan Cervantes y sus tochos al cautiverio de las bibliotecas que Cristóbal Colón ya empuja entre los bastidores del teatro de los aniversarios. Quinientos hace de su desaparición. Va  a ser difícil colocarse en primera fila de su aforo para ver con cierto protagonismo como España se va convirtiendo en Colombina y cambia armaduras por carabelas e hidalguías por conquistadores. Son sencillas estas metamorfosis cuando nunca se llega a profundizar ni en unos ni en otros personajes, cuando no somos más que actores que tornamos atuendos a expensas del caprichoso público.

Por lo pronto Valladolid (que se jacta de ser una de las pocas reservas espirituales de lo hispano) tiene la exclusiva, parece que incuestionable, de la muerte del navegante. Y no querrá que Salamanca, su eterna rival mesetaria, le quite el protagonismo en reclamo del tiempo que Colón residió en las haciendas de Valcuevo y su vuelta siglos después vestido de Gerard Depardieu. En cambio la fe de nacimiento parece más repartida, compartida y rivalizada, que no hay pueblo digno que no pretenda la cuna de Don Cristóbal. En ese río revuelto de las reivindicaciones es donde la erudición local bejarana ha de intentar pescar un mínimo de presencia en el aniversario, aunque sea abundando en lo intrascendente del lugar donde ser nació, que no añade mérito alguno al protagonista ni a su biografía frente a 
la del lugar donde se logra llegar a morir (Colón sólo consiguió hacerlo en Valladolid), que sí será resultante de algún esfuerzo.

En el caso del protagonista de este año, no solamente el lugar de nacimiento, sino toda su biografía es un arcano constante lleno de velos y misterios que hacen proclive, en su fantasía, el protagonismo de cualquier pueblo español, foráneo o extranjero, en algún hecho de su vida a poco que se lo propongan. Y Béjar, aunque nunca haya tenido reivindicaciones extremaduristas, puede ir sacando esa nueva bandera que es la única que nos puede  acercar a tierra de conquistadores y, imbuidos de su espíritu cosmopolita, imaginarnos más un horizonte de mares frente al evidente de montañas.