Escribía Miguel Delibes en la introducción a "Las guerras de nuestros antepasados" en referencia al protagonista, que su padre, abuelo y bisabuelo le habían distorsionado la infancia con la obsesión de guerras pasadas -la civil, la de África y la carlista-, en un intento de que el sensible e ingenuo joven se convirtiese en partícipe y posible emulador de tales glorias perdidas. No suele escribir en vano su venerable prosa el autor vallisoletano sino como reflejo duro de experiencias personales o de estereotipos repetidos en la cruzada genealogía de los españoles, a pesar de la catalogación de "ficción" que la modalidad de la novela tiene en los ámbitos literarios.
No ficción, pues, sino realidad tangible y estirada hasta los años que nosotros pisamos, es la devoción tardía y cansina que tienen muchos ciudadanos hacia su correspondiente mártir familiar -que lo suele ser abuelo caído en la Guerra civil- con afanes indisimulados de vengarlos llegada la hora. Siendo natural y loable la afectación familiar que hacia un ascendiente mal afortunado (y aunque no lo fuere) se ha de tener, convertir su infortunio en el germen de nuestra vocación política o en prejuicio constante hacia los herederos lejanos de sus correspondientes verdugos, resulta un error que no deja interpretar la realidad del momento con el realismo necesario, enturbiados los ojos por lágrimas viejas, en el mejor de los casos, y por rencores mal curados en el peor.
Todos conocemos casos, en los distintos ámbitos del poder y de la alternativa a él, de personas que desarrollan a estas alturas políticas abolengas, y que parecen inspirarse para sus decisiones en la contemplación de un viejo antepasado con pose fotográfica susurrándole dictados de ultratumba. Cierta propaganda quiere hacernos ver sólo al Presidente del Gobierno en tal actitud, cuando tantos son los que la desarrollan, influyendo determinantemente en la concepción de su ideología y en su posterior desarrollo.
No se trata de hacer borrón y cuenta nueva del hecho histórico más determinante del Siglo XX. Saber y recordar la Historia es obligación de todos los ciudadanos, para no repetirla (como dice el tópico, y el caso viene al dedillo) o para procurar repetirla si se deja, en muchos otros.
El culto a los muertos de esa España traidora ha convertido, sin justicia alguna, a aquella generación (la de nuestros abuelos, la de los años treinta) en virtuosa, cuando una reflexión sensata sobre aquella quinta guerrera, exenta si puede ser de los sentimentalismos particulares, no nos puede llevar a otra conclusión más que a la del desprecio.
No otra cosa que el vilipendio merecen nuestros abuelos, caídos o supervivientes, pues ellos, incapaces de substraerse al vicio del odio fueron los promotores de aquella cerrada Apocalipsis que supuso la Guerra civil; activa o pasivamente, por omisión o por celo.
Yo descolgaría los retratos de esos héroes falsos que, llevando nuestra sangre, propiciaron en España el derramado general de ella, y haría de la programada "Memoria histórica" no un desagravio a ningún bando sino un desagravio a la verdad quitándoles todos los galones a aquella generación indigna. Si es de natural condición rebelarse en algún momento contra lo impuesto por los progenitores y no hacer ridículo seguidismo de ellos; en este caso, resulta además, de urgente necesidad.
Veneremos más a la generación de nuestros padres (que, escarmentada, hizo la travesía del desierto español bajando los sables), a la de nuestros hermanos mayores (que construyeron la transición con más olor a rosas que a pólvora, mientras nosotros escuchábamos a Radio Futura) o a la nuestra propia que habrá de dejar a nuestros nietos, cuando campeen por la piel de toro que les leguemos, un país en paz (mantengámoslo). Si nadie les miente, como nos mintieron sobre nuestros abuelos, tendrán todos los elementos de juicio para valorarnos con imparcialidad y sin pasión.