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500 Conciertos y un Poeta Desesperado

Oscar Rivadeneyra

Confieso mi animadversión intermitente por el bar, ese inmueble cavernario que afianza el tópico social de pensar, dialogar y resolver en un contexto alcohólico. Evito cada vez más frecuentemente a la noche, el ámbito del bar, el mar concurrido por donde nadan y se ahogan los tugurios. Me incomoda con la misma intensidad la paz lenta de los cafés que el bullicio de los antros, por lo que son contadas las desapariciones de locales que me afecten y quiten el sueño, que para sueños interrumpidos ya están los que se rompen por obra y gracia de la noche contemporánea y bullanguera. Pero cuando la intermitencia, la inconstancia o una demanda femenina me regresan a la barra uno sigue eligiendo la fidelidad consabida de La Alquitara, recordando que desde siempre "la noche nos conducía a ciertos bares" como versara Jaime Gil de Biedma, ahora que está de moda citarle por morbo de poeta catalán sospechosamente español y de rico sospechosamente izquierdoso.

La Alquitara, siendo todo lo antes censurado, es también su excepción. Estos días se la nombra por una cifra redonda que es la de los quinientos conciertos musicales celebrados; tanto tiempo ha ocupado la música en directo allí que ha terminado por no ser interrupción de  lo cotidiano (la conversación o el idilio) sino lo cotidiano intermedio del concierto. El bar se ha convertido así en cajita de música que no es posible abrir sin que responda de inmediato alguna melodía, alguna voz rota o el más miserable acorde, y es llegado el momento de decir que ni el jazz ni el blues son música de mi devoción, esto es que pudieran ejercer en mí de música de fondo pero no de primer plano.

Quizá tampoco sean fanáticos de estos ritmos muchos de los que frecuentan La Alquitara cuando la noche pinta en concierto, su magia y su labor están en haber saciado la curiosidad hacia lo menos común y hacia lo menos autóctono que todo ciudadano inquieto requiere, alimentando paradojas tan bellas como hacer convivir en el mismo local una bandera cubana y revolucionaria con la música del imperio: el rock, el blues, el country. La Alquitara, que ha alcanzado por todo ello fama extendida; es pensada por los forasteros que la buscan, en un contexto de barrio antiguo y sugerente que condujera por callejuelas y fachadas con historia hasta sus puertas, pero nuestro favorito garito resulta que se abre en un caserón aséptico de una casa sin particularidades y en un barrio sin encanto alguno como lo son la mayoría de los que habitamos.

La Alquitara ha contado quinientos conciertos y miles de fotográficas, que son las citas más literales y literarias, repartidas por sus paredes para vencer el "horror vacui"de la noche, de la mañana tapera y la sobremesa de cafeína. Si uno las mira lo mismo puede encontrar la testa moribunda de José Hierro que las notas descolgadas de un yankie.

Nuestra vida también está llena de citas (que generalmente lo fueron bajo el techo de ese bar) frustradas unas y disfrutadas otras, pero conscientes todas de que no había otra lugar para fraguarlas que La Alquitara.