Si el escritor Juan Manuel de Prada hubiera conocido en su momento la esfinge pétrea de La Bañista de Mateo Hernández, con seguridad hubiera catalogado su pubis de damisela en el libro "Coños", una de sus primeras publicaciones. Porque aunque la temperatura del granito esté lejos de la vagina emulada y su dureza en contradicción con el tacto de sálvese la parte, no hay más erótica ni más bella representación de la intimidad en la estatuaria que conozco, que la que nos dejó nuestro escultor: el cantero que podía acercar con la misma ternura el cincel al vértice frágil del pico de las águilas que a la intimidad púbica de una bañista mojada, que ciertas hipocresías obligaban a representar con maillot de nadadora "belle-epoque" para mejor desnudarla cubriéndola. Ocurre que Mateo era, para hacer honores a la historia, un escultor francés que nació en Béjar, como Picasso lo era habiendo nacido en Málaga. Y a Francia siempre se ha ido a ver intimidades, a descubrir desnudeces femeninas que aquí nos tenían vedadas. A París marchó Mateo para ver el monte de Venus de las modelos porque en las escuelas de Nobles y Bellas Artes de Salamanca y Madrid posaban con una bíblica hoja de parra entre las piernas, que algún dibujante osado se esmeraba en deshojar como quien deshoja la margarita. Aquella España que cubría con prejuicios tanto el sexo como el arte, se iba dejando escapar todos los talentos con sus versos a cuestas, con sus cinceles y sus caballetes.
Cuando en el museo bejarano me paro a mirar el cuerpo de La Bañista que recibe a los visitantes con su talento de senos y muslos, estoy viendo la epidermis de Ingres trasladada a la piedra, pulida por nuestro maestro hasta la saciedad para llegar a la textura de la piel que es casi colocarse en la misma antesala del alma. Estoy viendo una Venus del Espejo desperezada y erguida que adelanta un pie en un caminar eternamente iniciado. Estoy viendo a cada una de las bañistas de Cezanne comprimidas en el canon de los griegos y estoy viendo, en fin, todas las sonrisas verticales que Picasso y Saura prodigaron en sus damas descuartizadas. Y me pregunto cómo Mateo Hernández, el hombre sobrio criado a fuego de fraguas, el hombre de pueblo y sombrero, pudo ceder a la frivolidad y a la debilidad flagrante de dibujar con precisión de cirujano el sexo de su bañista para que la mirada indiscreta se satisficiera y el bronce la multiplicara. Y por qué nos legó a los españoles de la oscura postguerra esa sensualidad guardada por el cinturón casto del granito que debió sorprender a los legatarios y hacerles soñar con un mundo detrás de los Pirineos semejante al paraíso.