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Las Chimeneas y el Arte Contemporáneo

Oscar Rivadeneyra

En materia de conservación del patrimonio industrial los responsables políticos se contentan con hacer pervivir a las chimeneas y condenar a las naves, como parece que sucederá con Matsa, que en breve será historia física, pues laboralmente ya lo es desde hace años. Pensar que el valor arquitectónico y testimonial de una fábrica textil se alberga solamente en sus chimeneas es como creer que en un templo cristiano el campanario es el único relicario de sus atractivos; la chimenea es la identidad de las fábricas y el símbolo de la industria, y derribar símbolos no es política correcto. Pero el símbolo puede ser hueco y, en la compleja estructura de la fabricación, no servir para nada más que para mandar nuestros malos humos a la más remota estratosfera. Los políticos se han atado a la salvaguardia de las chimeneas fabriles porque en su visión superficial de la ciudad es lo único que alcanzan a ver en una fábrica y porque en términos artísticos el tamaño es lo que les importa. Conservando las chimeneas se mantiene intacto el sky-line bejarano, el perfil por el que nos conocen, pero para el investigador y el viajero curioso debajo de ellas nada va quedando y nada va habiendo. Esa tendencia a condenar los templos y dejar sólo sus espadañas no es nueva en la localidad ni en la historia, pues la torre de San Gil lleva años tocando a una misa imposible y señalando en el paisaje una iglesia inexistente. Las atalayas más altas sufren menos combatiendo con la gravedad que el resto de las estructuras, que tienen que hacerlo contra la burocracia y la ambición dando antes con sus huesos en el suelo.

El debate sobre la utilización de los espacios fabriles, concluida la tarea para la que se concibieron, promete ofrecer alternativas tan diversas y ser tan extendido en el tiempo como el de El Bosque. En este ámbito de propuestas lanzadas para el juicio de los expertos, admito que el interior de estas naves es lugar ideal para proyectos expositivos de arte contemporáneo (todo arte lo ha sido alguno vez) en la medida en que la arquitectura fabril lo es necesariamente (desde "Tiempos modernos" de Charlot el engranaje de una fábrica puede ser pieza de arte y de culto) y en que la contemporaneidad tiene un ejemplo elocuente en el caos urbanístico de Béjar. Así, por la misma puerta industrial que nos hizo modernos antes de tiempo frente a la provincia, entraría ahora la contienda creativa entre la abstracción y el realismo mientras la calle dirime políticamente entre izquierda y derecha que son debates parangonables y estériles. La fábrica se reinterpretaría a sí misma como lo que siempre ha sido: lugar de confección de la vanguardia donde, como en un eterno regresar, los viejos industriales invertirían su capital en el arte que mejor representa la locura del siglo presente y la amargura de tener que buscar oficio y beneficio a los espacios que fueron más prósperos.