El nuevo mural junto al Teatro Cervantes: mediocridad en la medianería
Seguro que mi opinión de hoy va a escocer a más de uno, pero no puedo dejar de hacer uso de mi conocimiento y de mi libertad de expresión en un asunto que afecta al dominio público urbano en pleno BIC-Conjunto Histórico de Béjar y que, además, se financia con cargo a los fondos municipales. Me refiero al mural recientemente pintado por un conocido muralista salmantino, Daniel Martin, en la plaza de Nicomedes Martín Mateos (foto 1), a un paso del Teatro Cervantes y del Museo de Escultura Mateo Hernández: algo de mis impuestos se habrá destinado a esta iniciativa del Ayuntamiento en mi ciudad natal, en la que vivo y sigo empadronado y, por tanto, algo podré decir al respecto, así que ahí va mi más sincera opinión sobre la obra, seguida de otras consideraciones.
CRÍTICA SOBRE LOS ASPECTOS TEMÁTICOS, FORMALES Y COMPOSITIVOS
1. El mural es una breve colección de tópicos locales mal digeridos, costumbrismo propio de otros tiempos muy alejado del enfoque crítico que se espera del arte urbano, y que se nos vendió como una intervención para «hacer justicia» a nuestra historia textil: ¿la idílica existencia de una zurcidora de antaño frente a un hermoso paisaje nevado entre máquinas imposibles que funcionan solas hace justicia a algo? Desconocía que hubiera utopías retrospectivas. Qué tiempo tan feliz el que nos ofrece el artista, qué imbéciles aquellos miles de obreros y obreras de Béjar que pelearon por sus derechos laborales durante más de siete meses en huelga, allá por 1914, y nunca se percataron de lo afortunados que eran bajo el abuso de sus patronos. El resultado me recuerda a aquellos cuadros de las décadas de 1940-1950, cuando la forzada quietud social franquista, pintados por artistas locales aficionados que se conformaban con un pretendido realismo amable de corto alcance.
2. El autor incluye la representación de una máquina capaz de transformar el vellón en tejido acabado, como si se tratara de aquellos inventos del Tebeo ideados por el inefable –aunque ficticio– profesor Franz de Copenhague que dibujaran sucesivamente Urda, Serra y Sabatés. El artefacto se podría considerar una legítima licencia del artista, producto de su fantasía, o incluso una metáfora visual sobre la fabricación textil, pero en una ciudad donde la gente conoce bien estos procesos industriales, la licencia se convierte en inevitable solecismo.
3. Exhibe una pobre disposición de elementos a base de cuatro componentes autónomos sin integración compositiva alguna (paisaje-ventana, zurcidora, maquinaria izquierda y presunta maquinaria derecha), todo muy deslavazado.
4. Ofrece una relación de jerarquía y escala contradictoria: la zurcidora, a pesar de su posición central, pierde protagonismo frente al paisaje de la ventana y a las enormes bobinas de la parte inferior, por mucho que se pretenda justificar en función de la perspectiva. Es de primero de composición pictórica situar un centro de atención principal con el que no compitan elementos situados junto al borde o marco de la obra.
5. Incluye una reiteración innecesaria en las bandas laterales, con sus lámparas, telas y máquinas más o menos repetidas en ambos lados. Se ve que el artista no tenía otros motivos mejores para rellenar.
6. Salvo en el caso de la ventana, la armonía cromática se basa en tonos oscuros rodeados de un halo rojizo que se da de tortas con el entorno, donde predomina el blanco, el gris y el ocre (recordemos que la plaza se encuentra en medio del BIC-Conjunto Histórico de Béjar, para el que sigue vigente un Plan Especial de Protección con normativa específica sobre cromatismo). Si el mural fuera una obra deslumbrante, no supondrían gran problema sus tonalidades porque aportaría valor al espacio en el que se encuentra, pero, tal como ha quedado, resulta un estorbo que no contribuye en nada al ambiente urbano, es más, lo empobrece. Es una especie de agujero con cosas.
7. La ejecución es relamida y nada vigorosa, propia de un artista aficionado con mucho por mejorar, como bien sabemos los que hemos pasado ya por ese proceso. Lo curioso es que Daniel Martín no es ningún novato, sino un avezado muralista con centenares de obras a sus espaldas, algunas de gran calidad. Parece que en Béjar no merecíamos tanto.
8. Se detectan errores de ambientación, como la escena a contraluz de la zurcidora respecto del exceso de iluminación sobre el marco de la ventana, que tendría que mantenerse en el mismo contraluz para evitar, o al menos mitigar, lo que resulta ser: un pegote aislado. Otra muestra de la desconexión o falta de integración de los elementos compositivos.
9. Sorprenden tantas carencias en esta obra de encargo, impropia de un artista de larga trayectoria y una calidad media bastante alta, capaz de afrontar mayores formatos con obras bien compuestas, armónicas e impactantes, como el mural que realizó en 2022 para el Ayuntamiento de Guijuelo, sobre la fachada de un pabellón polideportivo de unos 500 m2 de superficie (merece la pena ir a verlo, aunque también se puede visualizar en este reportaje fotográfico, realizado cuando el mural estaba en proceso de ejecución. Me gustaría saber por qué un artista tan solvente y experimentado como Daniel Martín ofrece una obra tan pobre, insulsa y desfasada para nuestra ciudad: ¿le ha faltado eso que llaman inspiración?, ¿ha racaneado mucho nuestro Ayuntamiento con el precio?
En definitiva, me parece un mural fallido que desentona, desmerece y no cumple con los estándares artísticos en un país como España, con centenares de excelentes murales urbanos y un altísimo nivel internacional de sus autores (recordemos al colectivo Boa Mistura, al segoviano Gonzalo Borondo y al placentino JM Brea, a Okuda San Miguel, Pichiavo, Diego AS, Sfhir, etc.). Incluso en nuestra ciudad contamos con un buen mural en la fachada oeste de la antigua Plaza del Mercado, obra de 2023 realizada por el toresano Carlos Adeva (foto 2), y hay otro del propio JM Brea al final de la calle de Ramiro Arroyo, pintado en 2022, que me convence mucho menos (foto 3). Tampoco faltan ejemplos muy dignos e interesantes en nuestro entorno inmediato: sin ir muy lejos y desde 2020, en la pequeña localidad comarcana de Fuentes de Béjar se exhibe una veintena de murales urbanos firmados por artistas reconocidos como el mencionado Sfhir, Tardor Roselló, Toni Espinar, Hangetsu, Mónica Dueñas, Pastron#7, TMX, Lane Leal o Rojo (ejemplo en foto 4). Y todavía se pueden ofrecer muestras más adecuadas por su calidad y por su temática industrial, y no necesariamente por su tratamiento en puro blanco y negro como por lo acertado del planteamiento, la composición y la buena ejecución, en la serie de murales realizados por Miquel Wert y El Gran Reb para el Ayuntamiento de Sant Adrià de Besòs (Barcelona) como homenaje a su patrimonio fabril y a la memoria de su clase obrera (fotos 5 y 6).
Daniel Martín tenía mucho que ofrecer, pero, por algún motivo, ha preferido dejarnos aquí ese borrón en su trayectoria que difícilmente puede aspirar a "hacer justicia" a nada, y menos aún a la centenaria historia industrial de nuestra ciudad. Dicho de otra forma: nos podríamos haber ahorrado esta mediocridad en pleno BIC-Conjunto Histórico, y no me refiero a los pocos miles de euros que ha costado.
LA RESPONSABILIDAD DEL AYUNTAMIENTO
En cuanto al promotor, en este caso el Ayuntamiento de Béjar, espero que sus miembros aspiren a representar a los ciudadanos antes que comportarse como individuos que actúan a su capricho y, al menos para la próxima ocasión, sean más cautos con este tipo de iniciativas que conciernen a todos y afectan a un BIC-Conjunto Histórico por el que paseamos a diario. Como mínimo, tendrían que haber consultado el tema con personas entendidas en arte y patrimonio, que no son precisamente pocas en nuestra ciudad. Todavía mejor que eso, o en paralelo, sería mostrar el proyecto a la ciudadanía mediante bocetos previos y recreación virtual del resultado, antes de causar ningún perjuicio, y tantear la aceptación, la indiferencia o el rechazo de aquellos a quienes dicen servir. Se me podrá objetar que eso no se hizo en ocasiones anteriores, y es bien cierto, con los murales pintados en la concha acústica del parque municipal de la Corredera, en la plaza Primero de Mayo y las escaleras de enfrente, en la fachada norte del antiguo parque de bomberos, en el edificio de la Plaza del Mercado, etc., pero nunca es tarde para hacer las cosas correctamente: a ver si la próxima vez tenemos más suerte.
Como pintor y profesor de Dibujo he tenido varias experiencias relacionadas con murales, aunque me voy a centrar en las más recientes porque el caso se parece mucho al de aquí y ahora. En el IES Giner de los Ríos de Segovia, en el que trabajaba, una profesora del Departamento de Filosofía decidió por su cuenta y riesgo que los muros perimetrales del centro y parte de sus edificios eran el lugar perfecto para que sus alumnos se pusieran a pintar como les apeteciera, sin proyecto previo, imponiendo su criterio y su gusto a los demás y sin consultar siquiera con el equipo directivo ni con el Departamento de Dibujo, que alguna opinión cualificada podría dar al respecto. Nada de eso: se impuso el capricho y la acción particular en un medio que era de todos. El resultado, previsible, fue nefasto desde el punto de vista estético y toda la comunidad escolar tuvo que soportar aquel espanto durante un par de cursos. Como contrapunto, desde el Departamento de Dibujo quisimos aportar un ejemplo de buenas prácticas, así que planteamos a un nuevo equipo directivo la posibilidad de crear, en otro espacio del centro, una obra parietal diseñada por profesores de Pintura Mural de la Facultad de Bellas Artes de Madrid (Departamento de Pintura y Conservación-Restauración), que explicarían varias técnicas de muralismo a nuestro alumnado para que entre todos se llevara a término el proyecto; una vez aprobada la propuesta, los autores del mural presentaron varios bocetos y una recreación virtual de cómo sería el resultado, de forma que se pudiera tomar la decisión con suficiente criterio y conocimiento. El proyecto fue debatido y aprobado, los alumnos y profesores lo realizaron y ahí sigue la obra, mejorando el espacio educativo al que se destinaba. Pocos años después se repitió el proceso con un mural cerámico de ejecución colectiva a partir del boceto de una alumna, seleccionado de entre casi un centenar, y más recientemente con una versión del conocido grafiti Smile de Banksy para que nuestros estudiantes conocieran el trabajo de espray sobre plantillas. Los tres murales cumplieron con mínimos estéticos, artísticos y didácticos, así como de consulta a personas con opinión cualificada y de respeto hacia la comunidad educativa. No cuesta tanto hacer las cosas bien.
NO SÓLO MURALES
Regresando de nuevo a Béjar, tampoco se dio bola a personas cualificadas ni a la ciudadanía en otros casos de intervenciones artísticas en el medio público. Me refiero a la instalación de esculturas urbanas y periurbanas que pueden ser todo un acierto o bien un descalabro en función de su calidad, su idoneidad o su integración en el espacio previsto. Dejo al margen pequeños monumentos en relieve para poner el foco en esculturas exentas y traigo un ejemplo de la década de 1990 que tuvo cierta repercusión mediática: la traición cometida contra el escultor Mateo Hernández cuando el Ayuntamiento encargó y exhibió dos vaciados en bronce de sus esculturas (la Bañista y la Pequeña otaria), instalados sobre la desaparecida fuente de la Plaza de España (sustituida a su vez por ese horror –y error– con forma de mastaba) y trasladados hace pocos años, para mayor vergüenza y despropósito, hasta el acceso al museo que lleva su nombre. Recordemos que Mateo Hernández jamás autorizó reproducciones de sus obras mediante vaciado o por cualquier otro procedimiento de réplica, pues consideraba que sus tallas en piedra debían permanecer como piezas únicas: ¿por qué aquel primer Ayuntamiento traicionó la voluntad del artista?, ¿por qué el segundo Ayuntamiento y también el actual persistieron en la misma traición al exhibir esos vaciados? En mi opinión, se debería respetar la voluntad del autor de las piezas originales, retirarse de la calle ambas reproducciones y guardarse en un almacén, sin más.
En el caso anterior, lo improcedente de esas esculturas urbanas no tiene que ver con la probada calidad de las originales, sino con la mentada traición al artista. En otros casos se trata de montajes indignos y chapuceros como, de nuevo, el cometido contra Mateo Hernández en el jardín de la Puerta de la Villa en ese retrato realizado por el escultor zamorano Hipólito Pérez Calvo, correcto y bien ejecutado, pero colocado de forma tan ridícula que asoma por encima de su feo pedestal como si el artista difunto quisiera sacar la cabeza desde su ataúd.
Para no extenderme más, dejo a juicio del lector otros casos de escultura dispersos por nuestra ciudad y alrededores, algunos de ellos acertados: ¿cumplen los mínimos estándares estéticos, artísticos y de integración en el espacio público las figuras del Hombre de Musgo en la Antigua, obra de Ricardo Martín Vázquez (1987-2014); el busto de Dom Bosco en la plaza homónima, obra de Francisco Aparicio Sánchez (1990); el dúo cómico Quijote-Sancho frente al Teatro Cervantes, obra de Pedro Requejo Novoa (2016); la Alegoría del Ahorro en el chaflán del edificio de la antigua Caja de Ahorros de Salamanca en la Calle Mayor, obra de Francisco González Macías (1950), si bien se trata de una escultura instalada en edificio particular; el Monumento a la maternidad –o El Auxilio– junto al Hospital, posible obra de Agustín Casillas (1963); la réplica en bronce del busto de Cervantes en el paseo de la Merendera, realizada por Salvador Amaya en 2004-2005 a partir del original de González Macías (1948); la trabajadora textil –A ti, mujer– instalada en la rotonda cerca de Las Mestas, también obra de Pedro Requejo Novoa (2015); el monumento al Sagrado Corazón, obra de Ángel García Díaz (1928-1929); la Cabeza de lobo, obra de Genadio Alonso Huerta, en la fuente del mismo nombre (1945); o la figura del torero Julián Casas, 'el Salamanquino' delante de la Plaza de Toros del Castañar, obra del mismo Requejo Novoa (2011)?