Cronicas Castañar por Oscar Rivadeneyra

De la Rosa a los Pentágonos

“España es una empresa”, nos dice el señor Pizarro (que se desangra por el oeste, viene a añadir EL PAÍS de 20 de enero de 2008), y con semejante impresión capitalista de la nación, a los municipios sólo les va quedando empezarse a ver como meras franquicias de ese proyecto. “El Ayuntamiento es la empresa con más trabajadores de Béjar”, dice el tópico desde los noventa (de un lugar podido por la sensación de derrota, viene a apostillar EL PAÍS). Y así al desfasado aire de administración del consistorio, en sociedad anónima convertido, hacía falta renovarle y recambiarle la imagen de empresa, el membrete, la forma y el color, con el que llegar al ciudadano.

De logotipos, anagramas y mascotas supimos a lo largo de los años con Naranjito y Mariscal, con toda esa modernidad impaciente e improvisada con que España se mudó la bata de cola por el plexiglás. El subconsciente colectivo se fue coloreando con círculos y estrellas de Joan Miró y trazos de Picasso, de cuando ellos eran más modernos que Europa, pero entre nosotros sólo los entendían los esnob con estudios y bufanda; y de pronto todos los logos se parecieron a un brochazo realizado con el cuidado del descuido, la pintura y el diseño se daban la mano. Y manos y dedos de niño había que tener para ser diseñador.

En cuestión de imagen, en Béjar continuábamos con la iconografía apícola: las cinco abejas que no levantaron el vuelo espantadas, a pesar de los golpes que fue recibiendo la ciudad (la ciudad que creció de modo ficticio en los 50 y llegó a los 70 sin saber competir, nos sigue diciendo EL PAÍS de 20 de enero de 2008); luego vino un correcto dibujo a mano alzada de los arcos del Ayuntamiento y del perfil de un viejo olmo, más cierto en las crónicas que en el recuerdo. Y aquello fue lo que definió, en materia de imagen corporativa, a la Casa Consistorial.

Después de perder las formas los logotipos retornan hoy a la serenidad ortogonal de figuras geométricas y de colores planos. Es en lo que andamos, y es lo que ha recogido la imagen presente de nuestro Ayuntamiento: cinco áreas en forma de pentágono a margen perdido en los confines de todos los documentos de la municipalidad, cinco pentágonos observando cada uno de los avatares burocráticos en los que navega la vida diaria. Béjar, desangrada al oeste, con sensación de derrota y sin saber competir —EL PAÍS dixit— se ha dado al constructivismo, al de Mondrian y compañía. Después de las constructoras viene ese constructivismo plástico para rehacer lo que aquellas deshicieron, para reconstruir, a través del ojo del crítico la eterna mala imagen. Con la imagen se pretende, a golpe de regla, rehacer la ciudad que navegó en la abundancia (nos lo vino a recordar también EL PAÍS) y darle colores al gris de las miradas y las calles mojadas de Béjar que pintaba Antonio Varas con melancolía de colegial. Cuando uno deja de creer en la naturaleza, en la monumentalidad y en el futuro acaba sintetizando el pesimismo en cinco pentágonos coloreados que quizá (maldita obsesión figurativa) alguna vez fueron celdilla o panal de abejas. Cuando la proverbial laboriosidad de los obreros (que Franco mantuvo encargando uniformes militares, sigue diciendo EL PAÍS) se trasforma en la depresión de la ociosidad y la prejubilación; las celdas quedan para juegos estéticos con el “Adobe photoshop” cogido por un buen diseñador.

Caducaron las eternas postales de Ruperto, los maceros rebeldes sin causa, las viejas lecturas folclóricas de la ciudad, y todo ha quedado reducido a un esquema mental quíntuple, de cinco lados, cinco figuras y cinco colores.

La modernidad es ortogonal y con tintas planas. Aunque nosotros no hayamos emergidos aun de la antigüedad del “Manchester del siglo XIX” que diría EL PAÍS.

Artículo publicado el miércoles, 23 de enero de 2008

Meditaciones de un mal estudiante

Demasiado tarde estrenaron “El club de los poetas muertos”, mientras nuestro paso por las aulas de la pubertad estaba ya tocando, con dedos académicos, a su fin. Demasiado pronto pidió traslado el profesor Regalado, dejándonos sobre la mesa un poemario de rebeldías maduras y toda la inquietud de dieciocho años a flor de piel. Demasiado rápido deshojamos la margarita de las ciencias o las letras, junto con el “me quiere” o “no me quiere”, idilios entre apuntes de matemáticas, primeras citas a las siete después de hacer los deberes. Demasiado lento se editaron los libros que deseábamos leer, demasiado rápido nos encomendamos al rigor llevadero de la universidad.

Algunos llegaron a profesores...

La enseñanza no tuvo el empeño de educarnos para ser críticos con la propia enseñanza, por eso nos tuvimos que buscar la vida después, y aprenderlo todo en el epílogo de los libros de texto, es decir fuera ya de los papeles: en la experiencia de los días bebidos y vividos a bocados. Nuestros años de bachilleres (el Ramón Olleros frágil de torreones y rígido de profesores) fueron el eslabón entre la enseñanza severa y estricta que abaló a nuestros padres en su época, y la actual en la que enseñar es dar permiso reiterado hacia la indisciplina.

La sombra del fracaso escolar es alargada, tanto que cubre desde nuestros años cautivos de asignaturas y evaluaciones, hasta hoy, en que los escolares han heredado con alegría aquel mal endémico de la mediocridad de nuestro alumnado. Ellos son dignos legatarios de nuestra flojera académica, de toda la desobediencia que en pleno pavo nos impidió amar convenientemente a la sabiduría; y a la vez, estos alumnos de hoy son la triste consecuencia de los experimentos políticos con los planes de enseñanza: Loapas, Logses, Lodes, también siglo de siglas para educar a la nación que van dejándonos de momento en la cola de Europa en términos de calificaciones. La situación nos va juzgando todos con esas entrañables, desoladoras y desfasadas siglas (MD) del “Muy deficiente”.

El fracaso escolar se manifiesta en la estadística como un tópico más de España, es la peineta y el torero puesto sobre la televisión que nos quitó horas de estudio avalando la ruina resultante de las aulas. Y como las comparaciones son odiosas (sobre todo si uno sale perdiendo en ellas) sucede que con estos resultados regresa el primitivo complejo de la ineptitud española (o ese “viejo país ineficiente”) frente a la otra cara de los Pirineos, donde parece ser que reside el gen de la aplicación estudiantil. Entre los tecnócratas que tejen y destejen, año a año, los planes de enseñanza (quizá engrosaron también ellos pasados fracasos escolares) y los alumnos que las reciben media esa figura todavía romántica del profesor; en su grado más entrañable aun llamado maestro. Cuántas generaciones de docentes nos contemplan dispuestas al principio—recién salidas de la facultad—a remover las maneras de enseñar, a revolucionar el sencillo asunto de trasmitir conocimientos. Y cuántas, después, desengañadas y desarmadas de autoridad, abandonan su ilusión enseñante dejándose llevar por el día a día monótono de lecciones dictadas, y rendidos en la batalla de educar al prójimo y sobrevivir.

Artículo publicado el lunes, 17 de diciembre de 2007

Esta Generación de Jóvenes

¿En qué momento empieza o termina una generación? —se preguntaba Jean Cocteau—: Más o menos a las cinco de la tarde —respondía con ironía. ¿En qué momento, en qué día indeterminado o a qué hora imprevista, nuestra generación (de jóvenes) se fue disolviendo e imperceptiblemente convirtiéndose en la actual? Lo cierto es que abandonamos las calles (Libertad y Gerona como nombres propios de la vida social) después de haber creído conquistarlas, con sus bares favorables y su mascarada nocherniega y sabatina; y dejamos las noches de corto recorrido para que nos revelaran otros. La fiesta nunca será ni quedará huérfana, sus protagonistas sí. Por la noche van pasando generaciones de adolescentes dispuestas a tragarse su edad de oro y dejarse pedazos de cuerpos saciados por las calles de esta ciudad (Béjar para más señas, alguien dijo...); y dispuestas a regar la desesperanza de su pesimismo con cócteles fríos y restos de humo.

Hoy miramos a esta nueva generación de jóvenes con la misma displicencia con que los que nos precedieron nos miraron a nosotros. Y comprendemos que en ellos (botellón en el Regajo a las doce, colocón en el Ozú, móvil para grabar hazañas) está la caricatura de lo que nosotros fuimos porque la madurez son los años que tienen que pasar para empezar a tener sentido del ridículo. A poco que hagamos números y cuentas, deduciremos que los quinceañeros de hoy, con toda su exhibición de insolencia y con toda su incertidumbre disimulada, forman parte de una generación nacida en las barricadas del textil, concebida, quizá, de los polvos que el obrero echaba después de ser despedido de la fábrica, acunada en noches de huelga y encierro, una generación que ha crecido en Béjar escuchando sobremesas de pesimismo verbal y de desconfianza en el futuro. Por eso se ha echado al monte cargada de bolsas del “Dia” y del “Fresas”, con la herencia tristemente proletaria de sus padres, esperando siempre que un empresario, esta vez guijuelense, les llame llegado el alba, y ellos acudan con docilidad limpiándose la boca de alcohol y besos.

La gran diferencia entre nuestra década —cabalgando entre los ochenta y los noventa—y la suya, es que nosotros terminamos muy pronto acodados (y acomodamos) en la barra; y ellos, en furibunda actualidad, son carne de aire libre, calimocho y esplendor en la hierba. Esa versión contemporánea de la fiesta que es el botellón está condicionada, como todas las cosas del Béjar de hoy, por el tiempo, no por el que pasa, sino por el que cae. Hemos vuelto a ser hombres de campo: los jóvenes necesitan una noche estrellada y serena para su ocio, los adultos rezan a los santos de la nieve para que ésta se desprenda sobre sus páramos. Unos esperan que el “cambio climático” les otorgue muchos más veranos eternos, otros desesperan el regreso de inviernos con abolengo.

Desde este lado cómodo de la barrera, desde este sitio de la reflexión, cansada Béjar de su casta política, vamos viendo entrar a cuentagotas en la arena política local a los adolescentes agitadores que fuimos. Allí, desde las poltronas mediocres a las que el deshielo de la rebeldía nos ha conducido, ocupamos sin rechistar esta clase media, anodina y mileurista, olvidada por todos (la derecha siempre al servicio de la clase alta empresarial, la izquierda siempre al servicio de la clase baja obrera) y vemos desfilar por las mismas calles a distintas hordas de jóvenes, distintas maneras de serlo y de exhibirlo llamando la atención con un graffiti, una insolencia o una cresta en el pelo, para terminar después y siempre entregados a la uniforme secuencia de la madurez.

Artículo publicado el lunes, 03 de diciembre de 2007

Del Vernso al Exabrupto: Una Historia Americana

Toda la literatura iberoamericana del siglo XX, aquella que se presentó en algún momento bajo el epígrafe del 'Boom novelístico', es la que en algún momento debieron leer los penúltimos caudillos del hemisferio Sur. Ellos, a los problemas de sus países siempre se les han dado una solución literaria, un subterfugio de ficción para sublimar la pobreza y las desigualdades; realismo mágico, tal vez. Castro, el subcomandante Marcos o Daniel Ortega debían templar el ímpetu de las armas con lecturas de García Márquez, Cortazar o Neruda (Guevara no, que era más europeo y leía a Goethe) antes de desbocar sus fervores guerrilleros, igual que los soldados nacionales en España se encomendaban a Santa Teresa para asaltar 'sus últimos objetivos militares'. Por todos ellos debía correr una sangre llena de fe, de pagana poesía social o de entusiasmo religioso. Sangre ibérica al fin y al cabo.

El mito del héroe despeinado —pero leído—, barbudo —pero ilustrado—, irreverente —pero lírico—, sigue haciendo fortuna en Sudamérica por más que 'el coronel ya no tenga quien le escriba' y que de aquellos viejos escritores, batalladores de la palabra, sólo les quede ya, curiosamente, el autor de ese títul García Márquez. Unos crecieron y cambiaron: Vargas Llosa, póngase por ejemplo, hoy alimenta el libre pensamiento y el libre mercado con todas sus consecuencias después de haber saboreado los impulsos marxistas. Otros crecieron tanto que murieron creyendo en una utopía de la que, luego, personalmente no fueron partícipes: Cortazar más preocupado por las mágicas parisinas que por sus torturadas compatriotas.

Sobre la retórica, aprendida entre 'escribidores' y versos, se asienta el renovado éxito de los nuevos y viejos caudillos sembrando con sus picas el castigado continente americano. Hábiles en metáforas y jugadores de la palabra por naturaleza, Fidel Castro o Hugo Chávez llevan sus bravuconadas verbales a la arena de las 'cumbres' y los simposios después de haberse estudiado los resortes de tanta novela y ensayo. Por eso es fácil que metaforicen el famoso '¿por qué no te callas?' como el último estertor censor de la metrópoli (vulgo madre patria) mandando silenciar a la proverbial verborrea sudamericana o mandando cerrar el libro de las literaturas indígenas.

España nunca ha sabido qué hacer con Iberoamérica como ningún padre sabe qué hacer con un hijo no deseado, fruto de una vieja noche desmadrada o de una violación. La noche desmadrada de España fue el siglo XVI, y su orgía fue tan áurea e imperial como libidinosa. De aquellas bastardías vinieron estas responsabilidades no asumidas del todo y esa secreta vergüenza española, nada torera, de haber engendrado una descendencia tan desgraciada. Ocurre que el colono, como el semental, es hedonista, y, acabado el gozo, se desentiende de sus resultados. Europa ha sido el semental del planeta, sin sentido histórico después para reconducir los resultados de sus errores. Sudamérica vuelve ahora a España en forma de inmigración como exigiendo un desagravio, y resulta que se topa con un descendiente de los Austrias y de los Borbones para rememora un mal recuerdos de virreyes. Otras veces se encuentra en el metro con algún descerebrado que le da una patada o le toca la tetas (el racismo, que curioso, desaparece cuando media la sexualidad). Esa es la relación de España con sus hijos, la de un mal padre.

De una a otra orilla del Atlántico se van oyendo exabruptos ibéricos, remozados de poesía o de mal gusto. Entre el verso y el desatino hay poco trecho y muchos dirigentes están dispuestos a recorrerlo.

Artículo publicado el martes, 20 de noviembre de 2007

Tiranas Banderas

Has buscado la bandera rojigualda que pusiste en el balcón el año que los reyes vinieron a Béjar, hecha de brillante papel charol y celofán en clase de manualidades. No la has encontrado en ningún trastero del tiempo, ni en ningún armario, ni en ninguno de esos cajones que devuelven de cuando en cuando un vestigio sedimentado bajo montañas de ropa y de olvidos. Debe estar guardando su ocultación forzada por el paso de los cumpleaños junto a la María Auxiliadora fosforescente y a los cromos repetidos de la liga del ochenta y cuatro.

Las banderas son para la infancia —piensas en alto—, las bicicletas para el verano y los pinceles para el otoño; y cuando se las saca de allí se vuelven un estorbo, una inutilidad, una tela o un forzado paño en la ciudad de los paños de España. Has buscado en los arcones de la mudanza y en las esquinas de los muebles, has buscado incluso en las secretas habitaciones de tus recuerdos personales para encontrar los resquicios de patriotismo con colores y escudos, los que no se quedaron anclados en el 12 a 1 a Malta, cuando la vida no tenía esquinas sino la sencillez irreflexiva de las patrias, la historia aprendida, los mapas y el Dios rezado bajo catequesis a las siete.

Las banderas que nos invitan a poner en nuestros alfeizares durante estos días, a ponerlas, en definitiva, en nuestras vidas con orgullo, no son tan inocentes como las que portábamos y balanceábamos en las manos hace veintitantos años, orgullosos de un escudo del que acababa de volar la vieja águila abandonando su nido de imperio, emigrada al arribo de la democracia. Resulta que Carrillo había aceptado la “insignia con los colores del estado” estrenando, por fin, su desclandestinidad. Entonces “banderear” fue progre durante unos años, e hincar una genuflexión ante los reyes no quedaba mal porque Alberti y la Pasionaria ya habían perdido los escrúpulos y la dentera frente a la monarquía. Ya pudiste, pues, vestir faldas rojigualdas cubriendo los primeros envites anatómicos de la juventud, o llenar tus cuadernos de dos rayas con cándidas banderas de España que siempre te quedaban torcidas.

Lo que sucede es que a nuestra democracia de treinta años le han llegado ahora, de golpe, los ímpetus de esa adolescencia aplazada en la que siempre parece que sobra tela, y así se van quitando banderas de los balcones como se quitan tangas de las caderas quedándose la dama nodriza de España en una desnudez sensual, sí, pero también desolada e inquietante. Las banderas se van quedando pues en una suerte de arqueología textil, que hemos relegado al mundo institucional, al frío de los balaustres consistoriales, al membrete de los ministerios, y poco más. La bandera ya no es más que un heraldo vetusto de guerras perdidas, que sólo se rescata para colorear fracasos futbolísticos y desencantos de Eurovisión. La bandera ha perdido estos años su sobriedad de desfile castrense, y hemos convenido plantarle encima desde una sonrisa a un toro de Osborne con tal de hacerla popular entre los más escépticos del patriotismo.

La madurez de esta nación se va haciendo efectiva cuando asume su simbología suficientemente como para prescindir de ella, convertirla si acaso en un recuerdo burocrático de dos colores o en un souvenir Lo contrario sería acercarnos peligrosamente a las repúblicas bananeras, donde la bandera es una sábana intocable mientras los súbditos mueren desabrigados sin más tela que la intemperie. Y España no es eso.

Artículo publicado el viernes, 02 de noviembre de 2007

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