Cronicas Castañar por Oscar Rivadeneyra

Roble y Rail

Un roble cuenta otoños desde la vía del ferrocarril confiado en que ni el horizonte ni la perspectiva traerán humo ferroviario de trenes de otro siglo. Ni plata en la vía de la Plata, ni hierro en la línea férrea, ni serones de lana en los vagones; lo que hoy lleva nuestra vía es la estatuaria quietud de un roble que atrajo al fotógrafo de curiosidades y que se cuelga de nuestra vista cuando repasamos las gratuitas páginas de un periódico local.

Sabemos que el objetivo de las cámaras digitales y la atención de los reporteros suele quedar reducida y seducida por la efigie activa de los estadistas, por el drama noticiable de los sucesos, la estadística de la democracia, el sondeo de nuestro pensamiento, el triunfo y el fracaso de los provisionales héroes del deporte. Sabemos que la posible imagen captada por los periodistas puede fluctuar desde la obra de arte (logro infrecuente) hasta la obscena mirada por la rendija de la cerradura en busca de nuestra vergüenza. Cuando nada de esto, sino un modesto árbol, es la noticia y el icono, hay que acudir a las mil palabras que la imagen conlleve.

"A VETUSTATE ROBUR" reza el lema latino que ciñe el tronco del roble símbolo del Centro de Estudios Bejaranos. Un viejo roble con frondosidad de hojas y de sabiduría, ensanchada y crecida con anillos anulares que el biólogo se afanará en contar, cuando la motosierra arboricida lo tronche con corte limpio, mandando al aire indescifrable toda su sapiencia. Un árbol de la ciencia barojiano y reducido a su mínima expresión de hojas, estrías y raíces cuadradas. Filosofías a parte, el roble es la máxima expresión de la naturaleza estática y plantada de nuestros bosques, multitudinarios de árboles y de colores. Un bosque afanado en dejarse crecer disimuladamente sobre las magnas obras de los hombres que quedaron abandonadas, de enredarse con hiedras entre los metales ferrocarriles y de radicarse con raíces entre raíles sin futuro. Un matorral infatigable que pugna por cerrar las bocas de los túneles del tren (los únicos y verdaderos que cruzan las entrañas legendarias de Béjar) para detener el discurrir del aire bajo nuestros pies, y parar con él el resto de la Historia.

Esta saeta afilada que cruza el costado de Béjar, raíles, traviesas, zahorra, maquinistas, viajeros al tren... lleva años inspirándonos toda una variedad de alternativas de uso: un tren turístico (¿el tren de la castaña en vez la fresa?), una ruta de ciclistas románticos, una Vía Verde, o incluso un veloz AVE presto hacia la modernidad. Pero cuando los paseantes del Equinoccio de Primavera, bajo las primeras severidades del sol de mayo, han andado a la vera de esta silenciosa ruina ferroviaria han podido comprobar la rapidez con que la naturaleza desmantela las obras humanas, celeridad mayor que la de los sesudos pensadores elucubrando una alternativa de uso.

En uno de los tramos previos a la antigua estación, dentro de una de esas curvas infinitas que trazaron los ingenieros para responder al relieve, pudimos comprobar, con privilegio de paseantes, que ya no un simple roble sino un hermoso pinsapo (Abies pinsapo dice el latinajo de los científicos) ha dado en conquistar las antaño intocables traviesas de la vía. Es decir una prestancia más señorial y más jardinera crece sin miedo a la perspectiva de los trenes, ni tampoco a la de los usos que se plantean. Quizá lo hace como un renacer del único recurso que nos va quedando (la última esperanza blanca, o verde), un privilegio inmerecido el de la naturaleza y su lujuria que sigue su curso mientras nosotros leemos revistas, programamos alternativas, o escribir artículos llamados crónicas castañas.

Artículo publicado el domingo, 01 de junio de 2008

Laicismo, Sótanos y Sotanas

Afirma Gonzalo Santonja, en una entrevista que releo, que ser supersticioso es síntoma de inteligencia. Él, por supuesto, siempre se ha considerado supersticioso.

La religión (católica) es la gran superstición del mundo, la fe una cábala universalizada que después de salir del ocultismo de sus catacumbas ha conquistado a sabios y a memos. Machado y Unamuno (no precisamente entre los memos) supieron que de la inteligencia y de la lógica, cuando se tenían, había que echar mano para negar a Dios. También, que frente a la pared de los misterios (aquello del amor, la eternidad, la muerte...) no queda otra solución que rendirse a una creencia religiosa: la que más cerca nos queda es la católica; cuestión de comodidad. El hombre no da para más.

Antes estuvo Marx pensando que el mundo era un fumadero de opio donde el pueblo consumía dosis de religión; pero la dictadura del proletariado que propugnaba se convirtió —radiante paradoja— en una religión muy seguida. Después vinieron Buñuel (cargado de aforismos: “gracias a Dios soy ateo”), los agnósticos, el oscurantismo del Opus, la cercanía de Don Bosco; y nosotros siempre en medio vestidos de comunión en algún jueves de Corpus.

Por culpa de los pintores del románico, tan literalmente interpretados, creímos en un Jesucristo que gastaba “luenga” barba y greñas, y por eso lo reivindicaron los hippys, algún cura desfasado allá en los Salesianos de Béjar, calle Padre Roca sin número.

-“Jesús fue el primer pacifista”...quedábamos tan bien diciéndolo.

-“Jesús fue el primer socialista”...¡ay!

Hemos llegado al siglo XXI sin añorar las monedas que perdimos dominicalmente en el cepillo, sin confirmación y con todos los cirios rojos consumidos. Cruzamos este invierno seco buscando un equinoccio de lluvias y elecciones, con un gobierno empeñado en certificar el laicismo legal que ha convertido a los obispos en los “hombres del saco” de hoy. Pidiendo a los sacerdotes que prendan sus labios políticos en silencio, que regresen a la intimidad helada de las sacristías, a sus sótanos de sotanas, olvidan no sólo que es de inteligentes ser supersticiosos sino que Jesucristo fue un político, a fuer de ser el primer socialista. De la reverencia al temor por los hombres de Dios hemos pasado a salto de años, de décadas.

Los socialistas creen más que nadie en un mundo laico, pero están demasiado pendientes de las homilías —públicas y televisivas— de los monseñores como para hacer creíble esa quimera de la neutralidad de credos. En cuatro años han querido secularizar el país (secular, por siglos, es el tiempo en que España lleva siendo católica) ignorando que todos, en las entrañas de nuestra superstición seguimos necesitando alguien, algo, a quien temer: nos gusta el papel de mala de la iglesia. Bajo su disciplina se vive mejor, aunque sea para negarla airadamente en todo momento de escepticismo. Los curas nos dan miedo desde que vimos a aquel Papa Inocencio X pintado por Velázquez...

La madurez te da las armas para negar con razonamientos todas las supersticiones (católicas) que en la infancia creímos a pies juntillas y a rodillas genuflexas. Sospecho que en la vejez, y en la antesala del último suspiro, sólo nos quedará en la memoria y en la confianza un Padrenuestro no olvidado tras los naufragios de la vida.

Artículo publicado el domingo, 01 de junio de 2008

El poder fáctivo del insulto

Desde las inocentes descalificaciones durante la santa Transición hasta la perversidad menos disimulada del presente, el insulto ha tenido en España un cariz de cotidiana verbalidad que, a veces, el público agradece. Los insultos y los tacos, pese a, en principio, formar parte de la clandestinidad del idioma, del sub-idioma, todo el mundo los entiende porque todos los hemos recibido alguna vez o todos los hemos emitido aunque sea con la boca pequeña. Al final nada hay más llano que un exabrupto o una injuria, nada más claro y trasparente para la entendederas del ciudadano medio que una buena ofensa subida de tono.

Los representantes políticos ya se han dado cuenta de que lo que fracasa entre el paisanaje es ese discurso lleno de misterio y estadística, plagado de entresijos de abogacía no ejercida, con el que nos han torturado los políticos hasta que fueron comprendiendo que ser ininteligibles es perder. Todo tiene que ver con la necesidad que en estas últimas elecciones se ha tenido de captar a esa indecisa clase media, que es la clase llana, no acostumbrada a grandes foros ni a cursos de verano, sino al parloteo meridiano de los bares y al idioma destemplado del fútbol. El insulto ha llegado a los mítines y al Parlamento porque al final la lengua de un país la hace el empuje sonoro de sus calles y no los académicos ni los eruditos idiomáticos. Éstos se tienen que conformar con dar carta de oficialidad a lo que en el ascensor y en la cola del mercado es oficioso y acostumbrado.

Aprovechando que España es uno de los países en donde mejor se insulta y creyendo sentir el resuello intelectual de Cela en sus alientos, los políticos españoles se han lanzado al ruedo sonoro del insulto, al dardo en la ofensa más que al dardo en la palabra. Lo que es una lástima es que la derecha, la eterna insultada de España, no haya querido responder con continuidad a los insultos de la izquierda (presuntamente la eterna insultadora) y haya alegado el siempre cursi: “nosotros no vamos a entrar en el juego del insulto”. La gente-bien tiene esa tendencia judeocristiana a andar poniendo siempre la otra mejilla, a tomarse al pie de la letra el Padrenuestro y así “perdonar a todos los que les ofenden”. A los políticos de la derecha la corbata bien ceñida no les deja filtrase las palabras mal sonantes por la garganta y así parece que tratan con dulzura y guante blanco al rival. Una lástima que crean que el refinamiento comienza por la manera de hablar. Una lástima porque detrás de la derecha española siempre hubo un talento innato para hacer literatura de la palabra mal sonante y la blasfemia; y esa herencia la han recogido Alfonso Ussía, Jiménez Losantos y César Vidal que son insultadores cervantinos de derechas, pero no son políticos.

Unos y otros se creen en posesión de la verdad, y por eso sus damas de la verdad asisten con chales de certeza a los mítines de Caldera o de Acebes y martirizan entre los dientes un deseo de herir a quien no piensa como ellas. A unas las contemplan mil años de educación católica que no les permite verbalizar su ofensa, a otras un miedo renovado de post-guerra las censura. Pero al final el insulto aflora porque es lo que busca la masa mitinera y la tele: dejar que caiga de sus labios una procacidad o una injuria que ofenda a la otra mitad de España. Una guerra civil de insultos siempre sería menos destructiva; sólo las halitosis de algunos políticos llegarían a ofendernos.

Indulto al insulto. Porque el idioma siempre va por delante de sus regidores.

Artículo publicado el domingo, 01 de junio de 2008

Un Zulo para una crisis

Entre las breves pertenencias del zulo recién descubierto en la calle Mayor de Pardiñas figuran los estatutos del textil catalán como queriendo refrendar la relación revolucionaria entre el proletariado mediterráneo y el proletariado serrano o como el único entretenimiento escrito de la larga tarde de la postguerra española en que tantos perseguidos redujeron su espacio vital a los pocos metros cuadrados de una “topera”. Hoy, su romántico exilio interior, se desvela abriéndose viendo la luz hacia un mundo globalizado e internauta.

En tiempos de hipotecas impagables y de pisos hechos a la medida del bolsillo del contribuyente, sorprende la aparición de este inmueble reducido a la mínima expresión de la habitabilidad: la tumba en vida de un fugitivo, de un “topo” enterrado en la dulce libertad de su clausura. Béjar es una ciudad asentada sobre bodegas y dobles fondos, sobre espacios vacíos entre el cimiento de las décadas y los siglos, y la roca madre. Y en esta ciudad grutesca, evocada de túneles y batallas del pasado, subyace un subconsciente libertario nacido de los rencores del telar que cuando arañamos sus paredes sale con toda su sinfonía lejana de sindicalistas, anarquistas, maquis y topos confundidos con el subsuelo. La intimidad del zulo descubierto en el hueco de la escalera era compartida con moldes de pistola, una silla, estampas, papeles... el indispensable ajuar de una vida furtiva y estática sobre el que la democracia parece haber puesto telarañas como acta notarial del fin de una época.

Ahora el zulo, un agujero más en la topera de Béjar, es el reclamo en vitrina de una oficina empresarial, abierto de par en par a las luces del libre mercado habiéndose desdibujado con este paso del tiempo los sueños seductores de la Revolución. El zulo se ha abierto sin querer a un mundo feliz y desengañado, permisivo e impertinente; a un capitalismo que tiene en su moderación su ferocidad y en su universalización su trampa. Alguien debería preguntarse de qué valieron tantos años de clandestinidad detrás del hueco de la escalera, en el cuarto de los ratones, en el agujero de la chimenea. ¿De qué sirvió perder una guerra, perder todas las guerras, si al final sólo se es acreedor de esa simpatía que el perdedor produce, si al final todo un mundo nuevo, diseñado en un escondrijo, queda reducido a la contemplación amable de las generaciones nuevas?

Occidente camina con paso firme por su “stablisment” asumiendo las crisis cíclicas en las que sólo se cree en la intimidad y sólo se sufren en privado. Los gobiernos nos hablan de ella como el mal menor de los poderosos, pero entre su incertidumbre uno quisiera poder contar con unos estatutos de la crisis o con un manual de uso mientras dure el diluvio económico, confiando en que la carestía no nos llegue al cuello durante los meses áridos que nos esperan. Si no es así tendremos que romper los cristales que protegen el zulo de la calle Pardiñas y descansar dentro de él colmados de su austeridad hasta que el aire se lleve los infortunios intermitentes del mundo que hemos querido hacer.

Artículo publicado el sábado, 31 de mayo de 2008

Para una Colmena sin Tren

De entre los desusados solares que los años ochenta y noventa añadieron al padrón de Béjar ninguno de tan difícil disimulación como el que dejó la clausura del ferrocarril. Ruinas las hubo, desde aquellos años, convencidas de su propia belleza y recreadas en ella; y otras avergonzadas y vergonzantes que pidieron con gritos mudos su recalificación, su necesidad de sentirse útiles para los menesteres nuevos del siglo XXI.

La colmena de los tópicos perdió definitivamente la apícola agitación cuando el tren dejó de pitar en el infausto y bisiesto año de 1984 del que Orwell no supo deducir su mal agüero para Béjar. Era el inicio del fin de una época en que las chimeneas del tren y de las fábricas rivalizaban enredando sus buenos humos en el cielo de Béjar, hasta donde llegaba su idilio de alturas.

Desde aquella aciaga coyuntura que condenó al ferrocarril al espacio de las añoranzas, cada época ha ido dando su alternativa de uso a vías, estación y túneles mientras éstas eran pasto del pasto y demanda de pintores y dibujantes. Desde la Fabril hemos batallado con la perspectiva de los raíles convergiendo en infinito hacia los ocasos rojos del verano o la niebla desvaída de los inviernos; hemos escuchado el lento derrumbe de su infraestructura y el más presto avance del óxido entre los hierros y la podredumbre de las traviesas. Hemos querido viajar al Centro de la Tierra con manual de Julio Verde al adentrarnos en el túnel bajo las calles de Barrioneila y Barrionuevo para comprobar la siniestra nada a la que quedamos reducidos desde 1984.

La estación y todas las periferias de la vía se fueron convirtiendo en solar de decadentes y depresivos, de poetas de soledades y de yonkis buscando el paraíso en el espacio del maquinista. Las paredes hablaron con su verborrea de grafitis cuando ya no había ningún pulcro muro que respetar. Decía Gómez de la Serna en hermosa greguería que las gaviotas en los puertos y las palomas en las estaciones del tren nacían de los pañuelos blancos que se agitaban para despedir a los familiares; no contaban don Ramón con que habría un definitivo y último pañuelo que despidiera al mismo tren.

Hoy, año 2008, las palomas inundan los tejados de Béjar y se sigue debatiendo sesudamente la enésima propuesta de uso de la estación del tren. En bolera americana, centro de ocio y bar sin copas y casi sin camarero, se acabaron convirtiendo los edificios cuando los políticos se pusieron a ejercer de padres y pretendieron inculcar a nuestros jóvenes esa ideal mezcla de abstinencia y alegría a raudales que sustituyera viejos ecos y silbidos de bocina de tren. Pero como la juventud es una causa perdida que en todo caso sana con el paciente paso del tiempo la nueva corporación les va dejando que sigan el albedrío de impulsos menos castos y rescatar así la estampa de los edificios para abordar al visitante del sur con guías turísticos, mapas de la zona y catálogo de monumentos. Una nueva oficina de turismo para convencer a extremeños, andaluces y portugueses del Alentejo que hay que pararse a ver la colmena de los tópicos de nuevo en marcha y a aguardar no sólo que un día regresen las nieves novelescas sino que por estos raíles que usted ve troten los senderistas de una vía verde o vuele la acelerada prisa del AVE.

Artículo publicado el domingo, 25 de mayo de 2008

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